Perdido y hallado

30 de mayo del 2016

¿Cómo es que llegué a esta condición? El joven consideró el largo recorrido de su vida. Estaba sin dinero, sin hogar, inmundo y hambriento. Sería difícil pensar que este muchacho vivió antes bajo el cuidado amoroso de un padre adinerado.

Pero abandonó su hogar, cortó el vínculo familiar que lo unía a su padre, desperdició su herencia en una vida llena de pecado y acabó en una condición lamentable. De repente, volviendo en sí, un sentimiento profundo brotó en él: tengo que regresar a mi padre. Pero estaba tan avergonzado por todo lo que había hecho. Él se preguntaba si su padre querría aceptarlo nuevamente como su hijo. En su desesperación decidió regresar a casa y pensó pedirle a su padre que lo reciba como uno de sus jornaleros.

No se daba cuenta de la profundidad del amor que su padre le tenía y mucho menos se imaginaba que su padre anhelaba verlo, esperando y velando por el día en que regresaría. Mientras que el joven regresaba a su hogar, aun cuando estaba lejos su padre lo reconoció, y corrió, lo abrazó y lo besó afectuosamente.

Sucio y andrajoso, el joven arrepentido confesó a su padre su vida pecaminosa diciéndole que no era digno de ser llamado su hijo. Sin embargo, su padre le respondió primero vistiéndolo con el mejor vestido, luego trajo al becerro gordo y lo sacrificó para que comiese, y finalmente, con regocijo hizo una fiesta para que todos celebraran el regreso de su hijo, a quien había declarado muerto, más ahora había revivido, quien se había perdido, mas ahora había sido hallado.

Del mismo modo que el hijo en esta parábola, finalmente cada uno de nosotros nos daremos cuenta que estamos perdidos y que necesitamos ser hallados por Dios, quien es nuestro Padre verdadero. Tal vez estemos demasiado avergonzados para acudir a Dios. Sin embargo, la Biblia nos muestra el amor inmutable e infinito que Dios tiene por nosotros. Él anhela que cada hijo pródigo regrese a Él.

Ante los ojos de Dios, estar perdido en realidad es estar muerto en pecados, mientras que ser hallado es ser salvo y vivificado en Cristo. Si regresamos a Dios y nos arrepentimos de nuestros pecados, seremos limpiados y Cristo nos cubrirá como un vestido de justicia. No sólo eso, sino que Cristo, quien se sacrificó por nosotros como el becerro gordo, también nos llenará y satisfará interiormente, llegando a ser un rico banquete para nosotros a fin de que lo disfrutemos como los hijos en la casa de nuestro Padre Dios.

Nuestro Padre amoroso y perdonador está esperando que acudamos a Él; y podemos hacerlo al orar esta sencilla oración:

Padre querido, ¡Estoy perdido y necesito ser hallado! ¡Estoy muerto en mis pecados! ¡Entra en mi espíritu y vivifícame en Cristo como un hijo de Dios! Señor Jesús, gracias por morir por mí para que pueda ser limpio, para que pueda ser cubierto, para que mi hambre pueda ser satisfecha y puedas hacerme apto para festejar con el Padre en Su hogar. Amén.

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