Subscribe to receive the latest posts

El Señor Jesús dijo en Marcos 12:30:
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
¿Qué significa amar al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas? ¿Tenemos tan siquiera la capacidad de amarlo con todo nuestro ser así?
En esta entrada hablaremos brevemente de lo que significa amar a Dios con todo nuestro ser usando versículos y notas del Nuevo Testamento Versión Recobro.
Tenemos que admitir que aunque amemos a Dios hasta cierto punto, Él no es el Único al que amamos, y a veces no es a quien amamos más. Muchas otras cosas tiran de nuestro corazón. Entonces, ¿cómo podemos obedecer el mandamiento del Señor de amarlo con todo nuestro corazón?
El Señor está muy consciente de que no somos capaces de tal amor en nosotros mismos. Necesitamos darnos cuenta de que cuando Dios hace una demanda, Él tiene la intención de satisfacer esa demanda por nosotros. Así que en 1 Juan 4:19 podemos ver que nuestro amor por Dios se origina de Dios mismo:
“Nosotros amamos, porque Él nos amó primero”.
La nota 1 en este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro dice:
“Dios nos amó primero porque Él nos infundió Su amor y generó en nosotros el amor con el cual lo amamos a Él y a los hermanos (vs. 20-21)”.
Dios es la fuente verdadera de nuestro amor por Él. Él nos amó primero y nos infundió Su amor. Infundir significa llenar, impregnar, incluso empapar. ¡Estamos siendo empapados del amor de Dios! Ahora el amor de Dios en nosotros es el amor con el cual podemos amarle en reciprocidad.
El amor no es sólo un sentimiento. Dios es amor. Dios nos ama y llegó a ser un hombre llamado Jesucristo. Él demostró Su amor por nosotros al máximo al morir en la cruz. No es de extrañar que cuando escuchamos el evangelio de Jesucristo, nuestros corazones respondieron a Su amor y nos abrimos para recibirlo como nuestro Salvador. A partir de ese día, comenzamos a amar al Señor con el amor que Él infundió en nosotros.
A medida que disfrutamos del amor de Dios, lo amaremos en reciprocidad cada vez más.
Amar al Señor con todo nuestro ser comienza desde nuestro corazón. En una entrada anterior hablamos de qué es el corazón según la Biblia. Podríamos pensar que nuestro corazón es simplemente la sede de nuestras emociones. Pero podemos ver en la Biblia que es más que eso.
Nuestra parte emotiva es una parte de nuestro corazón, pero nuestro corazón también incluye nuestra mente, voluntad y conciencia. Nuestros sentimientos, pensamientos, decisiones y el sentir de condenación o culpa que sentimos cuando hemos hecho algo malo, todo esto surge de nuestro corazón.
Dios es un Dios amoroso y nos creó con un corazón para que lo amemos completa y absolutamente. Pero en nuestra experiencia sabemos que nuestro corazón ama muchas otras cosas aparte de Dios.
Entonces, ¿qué hacemos? Simplemente tratar de no amar esas cosas no funciona. Pero el apóstol Pablo escribió esta palabra reconfortante en 2 Corintios 3:15-16:
“El velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando su corazón se vuelve al Señor el velo es quitado”.
Cuando nuestro corazón se aparta del Señor y se fija en cosas tales como pecados, preocupaciones egoístas y placeres mundanos, tiene un velo puesto. No podemos ver al Señor.
Pero cuando volvemos nuestro corazón a Él, el velo es quitado y podemos ver al Señor nuevamente. Vemos Su belleza, Sus virtudes y cuán maravilloso es. Entonces Él nos infunde más de lo que Él es, incluyendo amor, dentro de nosotros. De esta manera, nuestro amor por Él crece.
Nosotros podemos volver nuestros corazones al Señor Jesús en cualquier momento orando a Él, invocando Su nombre, confesándole nuestros pecados y pasando tiempo en Su Palabra. Estas prácticas sencillas pueden quitar el velo de nuestro corazón, restaurar nuestra comunión con el Señor y reavivar nuestro amor por Él.
Nuestra alma está compuesta de nuestra mente, parte emotiva y voluntad, por lo cual es una gran parte de nuestro corazón. Dios creó nuestra alma para que pudiéramos expresarlo, pero debido a la caída de la humanidad, nos expresamos a nosotros mismos. Tenemos nuestros propios sentimientos, opiniones y decisiones que son independientes de Dios.
Pero cuando volvemos nuestros corazones al Señor, nuestro amor por Él crece. A medida que Él se infunde en nosotros, Sus pensamientos llegan a ser nuestros pensamientos, Sus sentimientos llegan a ser nuestros sentimientos y Sus decisiones llegan a ser nuestras decisiones.
A medida que Él realiza Su obra transformadora en nosotros, espontáneamente comenzamos a expresar a Dios y a glorificarlo. Otros verán a Cristo expresado en nosotros al nosotros amarlo con toda nuestra alma.
Nuestra mente es la parte principal de nuestra alma. Dirige el resto de nuestro ser e influye en lo que amamos y lo que elegimos. Puede ser puesta en muchas cosas. Pero Dios quiere que nuestra mente esté puesta en el espíritu, donde está Cristo.
Romanos 8:6 dice:
“Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz”.
Cuando ponemos nuestra mente en la carne o las cosas de la carne, nos sentimos sin vida e inquietos porque estamos apartados de Cristo en nuestro espíritu. Pero cuando ponemos nuestra mente en el espíritu, estamos en paz y llenos de vida. Al poner nuestra mente en nuestro espíritu todo nuestro ser está centrado en Dios.
Una manera de poner nuestra mente en el espíritu es leer la Biblia. La Palabra de Dios revela quién es Cristo para nosotros. Cuando usamos nuestra mente para leer la Palabra, vemos más de la preciosidad del Señor. Por ejemplo, cuando leemos en los cuatro Evangelios acerca de la clase de vida que vivió el Señor Jesús, las palabras de vida que Él habló y cómo Él cuidó de todo tipo de personas, estamos llenos de apreciación por Él. Cuanto más lo consideramos más lo amamos.
Todas nuestras fuerzas se refiere a la fuerza física de nuestro cuerpo. Cuando volvemos nuestro corazón al Señor y ponemos nuestra mente en Él, nuestro cuerpo le seguirá.
A medida que el amor por el Señor impregne nuestro corazón y alma, incluso las acciones externas de nuestro cuerpo se verán afectadas. Nuestra actitud hacia las cosas que solían ocupar nuestro tiempo, interés y energía también cambiará. Amamos al Señor y queremos más de Él. Así que incluso nuestra fuerza física, es decir, nuestro tiempo y energía, se gastará en ir en pos de Cristo.
Amar a Dios con todo nuestro ser es un ejercicio. No siempre nos despertamos por la mañana con el corazón inclinado hacia el Señor. Pero podemos comenzar el día volviendo nuestros corazones a nuestro querido Señor Jesús. Podemos decir: “Señor Jesús, vuelvo mi corazón a Ti esta mañana. ¡Te amo!” Podemos decirle al Señor que lo amamos todos los días.
También podemos orar: “Señor Jesús, haz que te ame más hoy que ayer. Quiero amarte con todo mi ser”. Seguramente Él responderá a tal oración.
Para leer más acerca de nuestro corazón, recomendamos encarecidamente el capítulo 8, “Tratando con el corazón y con el espíritu” de La economía de Dios. Puede descargar este libro gratis aquí.
También puede leer más notas sobre los versículos citados en esta entrada en el Nuevo Testamento Versión Recobro, que puede obtener gratis aquí si vive en los Estados Unidos.

La resurrección de Jesucristo es un principio esencial de nuestra fe cristiana. Es sólo por la muerte redentora de nuestro Salvador y Su resurrección que somos justificados ante Dios y salvos eternamente.
Romanos 4:25 deja esto claro:
“El cual [Jesús] fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación”.
Pero además de esto, ¿sabía que la Biblia habla de tres cosas maravillosas que sucedieron cuando Jesús resucitó de entre los muertos?
En esta entrada, leeremos versículos y notas útiles en el Nuevo Testamento Versión Recobro que revelan estas tres cosas. Esperamos que esto nos dé una visión más amplia y una apreciación más profunda de la resurrección de Jesucristo.
La mayoría de nosotros podemos narrar exactamente cuándo recibimos al Señor Jesús y nacimos de nuevo, o fuimos regenerados.
Si bien es cierto que cada uno de nosotros fue regenerado en una fecha particular, 1 Pedro 1:3 dice algo extraordinario:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según Su grande misericordia nos ha regenerado para una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos”.
Este versículo nos dice que cuando Jesús resucitó, ¡todos fuimos regenerados! Esto es difícil de comprender, pero según la Palabra de Dios, es un hecho extraordinario. El Dios eterno no está limitado por el tiempo. Según el punto de vista divino, Pedro, Pablo y todos los creyentes en Cristo a lo largo de los siglos, incluyéndonos a nosotros, fueron regenerados en la resurrección de Jesús de entre los muertos.
La nota 4 de este versículo en la Versión Recobro explica lo que es la regeneración:
“La regeneración, al igual que la redención y la justificación, es un aspecto de la plena salvación de Dios. La redención y la justificación resuelven el problema que tenemos con Dios y nos reconcilian con Él; la regeneración nos vivifica con la vida de Dios, llevándonos a una relación de vida, una unión orgánica, con Dios. Por consiguiente, la regeneración da por resultado una esperanza viva. Tal regeneración es efectuada por medio de la resurrección de Cristo de entre los muertos”.
Romanos 4:25 nos dice que el hecho de que Jesús resucitó de entre los muertos fue para que fuéramos justificados objetivamente ante Dios. Pero 1 Pedro 1:3 revela aún más. A través de la resurrección de Jesús, también fuimos regenerados interiormente con la vida de Dios. Dado que fuimos vivificados con la propia vida de Dios, ahora compartimos Su vida y tenemos una relación de vida con Él. Esto es lo que Dios planeó originalmente para nosotros.
Mucha gente está familiarizada con Juan 3:16:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no perezca, mas tenga vida eterna”.
Dios manifestó Su gran amor por los pecadores caídos al dar a Su Hijo unigénito. Dios no escatimó a Su amado Hijo sino que lo envió a este mundo a morir por nosotros, para que todos los que en Él creen no perezcan, mas tengan vida eterna.
El Hijo unigénito de Dios era y es divino. Pero cuando se encarnó para ser el hombre Jesús, Él tomó la naturaleza humana. Él era divino y humano al mismo tiempo, Dios pero hombre: un Dios-hombre. Éste es Aquel que murió en la cruz por nosotros.
Luego, hablando de la resurrección de Cristo, Hechos 13:33 dice:
“La cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: ‘Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy’”.
Dado que Cristo ya era el Hijo unigénito de Dios, incluso antes de la resurrección, ¿por qué dice este versículo que en el día de la resurrección Él fue engendrado de Dios?
La nota 1 sobre este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro nos ayuda a entender:
“La resurrección fue un nacimiento para el hombre Jesús. Él fue engendrado por Dios cuando resucitó y así llegó a ser el Hijo primogénito de Dios entre muchos hermanos (Ro. 8:29). Él era el Hijo unigénito de Dios desde la eternidad (Jn. 1:18; 3:16); después de la encarnación y mediante la resurrección, Él fue engendrado por Dios en Su humanidad como el Primogénito de Dios”.
Las palabras encarnación y humanidad aquí son clave. Cristo, que es divino de eternidad a eternidad, se hizo hombre, murió como hombre y resucitó como hombre. A través de la resurrección, Él fue engendrado en Su humanidad como el Hijo Primogénito de Dios.
Que Cristo sea el Hijo primogénito de Dios implica la existencia de muchos otros hijos. ¡Esos somos nosotros! Nosotros, por supuesto, nacimos poseyendo la vida humana. Al nacer de nuevo, obtuvimos la vida divina y ahora somos hijos de Dios. Cristo es el Hijo primogénito con divinidad y humanidad, y nosotros somos Sus muchos hermanos.
Juan 20:17 nos dice lo que Jesús le dijo a María la magdalena en la mañana de Su resurrección:
“Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido al Padre; mas ve a Mis hermanos, y diles: Subo a Mi Padre y a vuestro Padre, a Mi Dios y a vuestro Dios”.
Ahora leamos la nota sobre hermanos en este versículo:
“Anteriormente, el término más íntimo que el Señor había usado al referirse a Sus discípulos era ‘amigos’ (15:14-15). Pero después de resucitar, comenzó a llamarlos ‘hermanos’, porque mediante Su resurrección Sus discípulos habían sido regenerados (1 P. 1:3) con la vida divina que fue liberada por Su muerte que imparte vida, como se indica en 12:24. Él era el grano de trigo que cayó en tierra, murió y creció para generar muchos granos, a fin de producir un solo pan, el cual es Su Cuerpo (1 Co. 10:17). Él era el único Hijo del Padre, es decir, la expresión individual del Padre. Por medio de Su muerte y resurrección, el Unigénito del Padre llegó a ser el Primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:29). Sus muchos hermanos son los muchos hijos de Dios y son la iglesia (He. 2:10-12), la expresión corporativa de Dios el Padre en el Hijo. Ésta es la intención final de Dios. Los muchos hermanos son la propagación de la vida del Padre y la multiplicación del Hijo en la vida divina. Por lo tanto, en la resurrección del Señor, se cumple el propósito eterno de Dios”.
¡El Señor en resurrección fue hecho el Hijo primogénito de Dios y nosotros llegamos a ser los muchos hijos de Dios, Sus muchos hermanos!
En 1 Corintios 15:45 se nos dice:
“Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente’; el postrer Adán, Espíritu vivificante”.
El postrer Adán en este versículo hace referencia a Jesucristo.
La nota 1 sobre este versículo en la Versión Recobro arroja tremenda luz sobre el asunto de que Cristo fue hecho el Espíritu vivificante en resurrección. La primera parte dice:
“Por medio de la creación, Adán fue hecho alma viviente con un cuerpo anímico, o sea, del alma. Por medio de la resurrección Cristo llegó a ser el Espíritu vivificante poseedor de un cuerpo espiritual. Adán como alma viviente es natural; Cristo como Espíritu vivificante está en resurrección. Primero, en la encarnación, Él llegó a ser carne para efectuar la redención (Jn. 1:14, 29); luego, en resurrección llegó a ser el Espíritu vivificante para impartirnos vida (Jn. 10:10b). Por medio de la encarnación Él tenía un cuerpo anímico, así como lo tenía Adán; por medio de la resurrección Él tiene un cuerpo espiritual. Su cuerpo anímico ha llegado a ser un cuerpo espiritual por medio de la resurrección. Ahora Él es el Espíritu vivificante en resurrección, tiene un cuerpo espiritual y está listo para ser recibido por Sus creyentes”.
En esta nota se hace referencia a Juan 1:14, 1:29 y 10:10b, que dicen respectivamente:
“Y la Palabra [Cristo] se hizo carne, y fijó tabernáculo entre nosotros”.
“¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
El Dios eterno se hizo un hombre de carne y sangre llamado Jesucristo para morir por nosotros como el Cordero de Dios. En resurrección, Cristo fue hecho el Espíritu vivificante para poder impartir en nosotros la vida divina, incluso abundantemente.
Cuando Jesús vivía en la tierra, era maravilloso estar cerca de Él físicamente. Él sanó a los enfermos, dio la vista a los ciegos y habló palabras de vida que nadie había oído antes. Pero aquellos que lo siguieron todavía estaban separados de Él. Él no podía entrar en ellos. Pero en resurrección, Él fue hecho el Espíritu vivificante para poder entrar en todos Sus creyentes.
Hoy en día, cualquier persona, en cualquier lugar, que se arrepienta y crea en Él como el Salvador puede recibirlo en su espíritu, la parte más profunda de su ser.
Centrémonos ahora en la última parte de la nota de 1 Corintios 15:45:
“Cuando creemos en Cristo, Él entra en nuestro espíritu y somos unidos a Él, quien es el Espíritu vivificante. Por tanto, llegamos a ser un espíritu con Él (6:17). Nuestro espíritu es vivificado y es resucitado con Él. Finalmente, nuestro cuerpo anímico actual llegará a ser un cuerpo espiritual en resurrección, igual que el Suyo (vs. 52-54; Fil. 3:21)”.
La nota hace referencia a 1 Corintios 6:17, que dice:
“Pero el que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”.
Cuando creímos en el Señor, nuestro espíritu humano regenerado y el Espíritu se unieron como un solo espíritu. Ninguna relación podría ser más personal o íntima que ésta. Él como Espíritu vivificante ahora mora en nuestro espíritu y continúa dándonos vida cuando lo contactamos al orar e invocar Su nombre.
¡La resurrección de Cristo es verdaderamente maravillosa! Fuimos regenerados con la vida de Dios; Él llegó a ser el Hijo primogénito de Dios y nosotros los muchos hijos de Dios; y Él fue hecho el Espíritu vivificante que ahora mora en nuestro espíritu.
¡Alabado sea el Señor por la resurrección de Jesucristo! Que nuestros ojos sean abiertos para ver lo que sucedió en Su resurrección, y que nuestros corazones y bocas se abran para agradecerle y alabarle.
El tema de la resurrección de Jesucristo es profundo. Aquí sólo pudimos tocar brevemente estas tres cosas maravillosas que sucedieron en Su resurrección. Si vive en los Estados Unidos, lo animamos a que pida un Nuevo Testamento Versión Recobro gratis aquí para que pueda leer todas las notas sobre los versículos que mencionamos.

A través de la Biblia varios versículos nos muestran el deseo de Dios de que lo recibamos, que bebamos de Él como el agua viva. Por ejemplo, en Juan 7:37-38 vemos que el deseo de Dios de que bebamos de Él es tan grande que Jesús hasta se puso de pie y alzó la voz durante la fiesta, haciendo un llamado a las personas a que vinieran y bebieran de Él:
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”.
Así que, ¿cómo acudimos a Él y bebemos? Solamente el Señor Jesús puede saciar nuestra sed interior; solamente Él es el agua viva. Él quiere que le bebamos para que nuestra sed sea saciada y hasta que los ríos de agua viva fluyan de nuestro interior a otros. Sin embargo, a menudo en vez de sentirnos satisfechos y regados, nos sentimos secos y hasta muertos. Es probable que queramos beber del agua viva, ¡pero no sabemos cómo!
En Isaías 12:3-6 podemos ver seis maneras en las que podemos beber a Cristo como el agua viva, las cuales aparecen resaltadas en negrita:
“Por tanto con regocijo sacaréis aguas de los manantiales de salvación, y diréis en aquel día: Dad gracias a Jehová; invocad Su nombre. Dad a conocer entre los pueblos Sus obras; haced recordar que Su nombre es exaltado. ¡Cantad salmos a Jehová, porque ha hecho algo majestuoso! ¡Sea sabido esto por toda la tierra! Clama y da grito resonante, oh habitante de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel”.
Hablemos ahora de cómo podemos practicar estas seis maneras de beber el agua viva.
Podemos beber el agua viva al dar gracias al Señor. Esto es algo que fácilmente podemos hacer por la mañana, antes de ingerir alimentos y durante todo el día.
Es muy sano para nosotros los cristianos estar agradecidos y practicar dar las gracias al Señor todo el tiempo. El Señor Jesús ha hecho mucho por nosotros por medio de Su muerte y resurrección y Él suple todas nuestras necesidades. Todos tenemos tanto por qué agradecerle y ¡Él es digno de recibir las gracias!
Lo opuesto de ser agradecido es ser ingrato. En 2 Timoteo 3 se menciona al ingrato junto con los amadores de sí mismos, amadores del dinero, vanagloriosos, soberbios, injuriadores, desobedientes, impíos, sin afecto natural y muchas otras cosas negativas. Ciertamente no deseamos que ninguna de estas características negativas apliquen a nosotros.
Nuestra propia experiencia nos dice que entre más ingratos seamos o nos quejemos de las cosas, más secos estaremos. Nuestra situación no mejora y nos sentimos cada vez peor. Sin embargo, cuando le agradecemos al Señor, somos salvos de ser ingratos y tomamos un trago del agua viva. Esta agua nos suministra y refresca cualquiera sea nuestra situación externa.
Ser agradecidos es algo que podemos practicar. Lo primero que podemos hacer en las mañanas es decir: “Señor Jesús, gracias por un nuevo día. Gracias por morir por mí, por derramar Tu sangre por mí y por darme otro día para experimentar Tu gracia”. Podemos seguir agradeciéndole al Señor por nuestra salud, los miembros de nuestra familia, nuestro trabajo y cualquier otra cosa que el Señor nos toque para agradecerle.
Le podemos agradecer específicamente por todo lo que Él es y por todo lo que ha hecho. Podemos orar así: “Señor, gracias por ser la luz del mundo. Gracias, Señor, por venir a nosotros y amarnos. Gracias, Señor Jesús, por ser mi luz y mi camino. Gracias por Tu vida en mí”.
Podemos seguir agradeciéndole durante todo el día por cualquier cosa y por todo lo que Él nos recuerde que le agradezcamos. Aun un simple “Gracias, Señor Jesús” durante el día nos regará. Cada vez que pronunciamos las gracias al Señor, bebemos de Cristo com el agua viva. Es como si bebiéramos de un manantial refrescante. En vez de estar secos, somos regados y reavivados.
La siguiente manera de beber revelada en Isaías 12 es invocar el nombre del Señor. Después de ser instruidos a agradecer a Jehová, el versículo 4 nos lleva a invocar el nombre del Señor.
Es probable que esto sea algo nuevo para algunos de nosotros, pero invocar el nombre del Señor es una práctica que se encuentra por toda la Biblia, comenzando en los tiempos del Antiguo Testamento. El primer registro de esto se encuentra en Génesis 4:26 donde dice que en los tiempos de Enós, los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.
Esta práctica de invocar el nombre del Señor continúa en el Nuevo Testamento. Hechos 7:59 relata cómo Esteban invocó el nombre del Señor mientras era apedreado. Hechos 2:21, nota 1, en el Nuevo Testamento Versión Recobro es una nota muy completa y maravillosa que traza esta práctica por todo el Antiguo Testamento y el Nuevo, y vale la pena leerla.
Hoy podemos invocar el nombre del Señor durante todo el día al decir: “Oh Señor Jesús” o “Señor Jesús, te amo”. Cada vez que invocamos Su nombre en voz alta, bebemos del agua viva.
También podemos beber al dar a conocer entre los pueblos Sus obras. ¡Él ha hecho tantas cosas de las cuales podemos hablar a otros! Él vino a esta tierra y vivió una vida perfecta; Él murió por los pecados de toda la humanidad; resucitó y ascendió; vino a ser el Espíritu vivificante para darnos vida eterna y produjo a la iglesia como Su Cuerpo mediante Su muerte y resurrección.
¡Cuán maravilloso es todo esto! Y además, ¡Él sigue haciendo tantas cosas en nuestra vida! Hay tantas cosas maravillosas de las cuales podemos hablar respecto a Cristo. No debemos permanecer callados. Debemos decirles a otros acerca de las obras del Señor.
Podemos hablar con nuestros vecinos, compañeros de clase, nuestra familia y las personas que conocemos durante el día. Mientras les hablamos, les ministramos a Cristo y al mismo tiempo tomamos un trago de agua que nos vivifica. Nuestro hablar al dar a conocer Sus obras a otros es una manera maravillosa y eficaz de beber del agua viva.
Quizás nos sintamos secos porque ya hace mucho tiempo que no le hablamos a nadie acerca de Cristo. No obstante, cuando abrimos nuestra boca para decirle a alguien acerca de Él. nosotros mismos bebemos y somos regados y refrescados por el agua viva.
Además de dar a conocer entre los pueblos Sus obras maravillosas, podemos recordarles a otros que el nombre de Cristo es exaltado. Filipenses 2:9 nos dice que el nombre de Cristo es sobre todo nombre. Esto es algo de lo cual podemos hablar a las personas que están a nuestro alrededor.
Podemos preguntarle a las personas: “¿Sabe usted que el nombre de Jesús es exaltado?”. Podemos también declarar este hecho, diciéndoles que Jesús es el Señor y que Su nombre es el nombre más elevado en el cielo y en la tierra. Aún cuando nosotros mismos exaltamos el nombre de Jesús, cuando otros son nuestros testigos, les recordaremos que Su nombre es el nombre más elevado. Cuando les decimos a otros que el nombre de Jesús es exaltado y que Jesús es el Señor, bebemos del agua viva de los manantiales de salvación.
¿Sabía usted que cantar es una manera de beber? Abrir nuestra boca y cantar himnos al Señor es una de las mejores maneras de beber de los ríos de agua viva. Mientras cantamos, estos ríos comienzan a brotar en nosotros, hasta rebosar. ¡Cantar es una manera muy disfrutable de beber!
Así que, ¿qué debemos hacer? Podemos cantar himnos mientras comenzamos nuestro día por la mañana, podemos cantar himnos mientras conducimos hacia el trabajo y podemos cantar más himnos cuando estamos con otros creyentes. Efesios 5:19 nos instruye a hablar unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, y también a cantar y salmodiar al Señor en nuestros corazones. ¡Entre más cantemos al Señor con nuestros corazones durante nuestro día, más regados y refrescados seremos!
Podemos beber del agua de vida al clamar y dar un grito resonante.
¿Alguna vez ha hecho esto? Muchas veces le oramos al Señor en silencio, pero ¿alguna vez ha clamado al Señor y dado un grito resonante? Si todavía no lo ha hecho, ¡inténtelo!
Muchas veces nos parece difícil orar. Esto puede ser debido a que nuestra mente esta llena de pensamientos y ansiedades. No crea que Dios no nos escucha cuando oramos en silencio. El problema recae sobre nosotros. A fin de superar la actividad de la mente, a veces es necesario que gritemos en voz alta. Podemos sobrepasar el desierto de nuestra mente al clamar y dar un grito resonante.
Un buen lugar para practicar esto es cuando uno está solo en su casa o en el carro. Usted puede clamar con desesperación: “Oh Señor, ¡te necesito! ¡Te necesito ahora mismo! Estoy tan seco, y hasta muerto. Señor Jesús sé Tú mi vida. Sin Ti, no puedo salir adelante. Señor, vengo a Ti para beber. ¡Oh Señor, sacia mi sed!”
También puede clamar para alabar y dar gracias al Señor y dar un grito resonante al decir en voz alta: “¡Alabado sea el Señor! ¡Jesús, eres tan bueno! ¡Te amo, Señor Jesús!”
Cuando clamamos de esta manera al Señor, somos salvos de nuestros pensamientos en nuestra mente y bebemos profundamente del Espíritu vivificante como el agua de vida.
Usted puede practicar estas seis maneras de beber todos los días. Cuando se sienta seco o deprimido, usted puede dar las gracias al Señor, invocar Su nombre, hablarle a alguien de Cristo, decirle a alguien que Jesús es Señor y que Su nombre es el nombre más elevado, cantar al Señor con su corazón o clamar y dar un grito resonante.
Usted beberá a Cristo como el agua viva y será refrescado y reavivado en su vida cristiana y hasta rebosará con ríos de agua viva hasta alcanzar otros.
¡Alabado sea el Señor, le podemos beber como el agua viva todos los días!