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Siete maneras de tener un nuevo comienzo con el Señor

Como creyentes, nuestro deseo es tener una relación íntima con Dios. Cualquiera que haya sido nuestra experiencia el año pasado, le damos gracias al Señor que podemos darnos de una manera fresca a ir en pos de Cristo diariamente este año. Al comenzar este nuevo año, consideramos que sería bueno compartir con ustedes siete maneras de tener un nuevo comienzo con el Señor.

Los siguiente puntos incluyen citas de maestros de la Biblia, predicadores, obreros cristianos y autores reconocidos que sirven para motivarnos e inspirarnos.

1. Amar al Señor Jesús

“Si usted desea aprender a apreciar más a Cristo, lea este libro [la Biblia] frecuentemente y en oración”.—H. A. Ironside

Para tener una relación íntima con el Señor Jesús, es esencial que le amemos, y nuestro amor y apreciación por Él resulta de conocerle a Él y saber lo que Él ha hecho por nosotros. Mientras más le conocemos al leer Su Palabra, más le amamos. Podemos comenzar este año al pedirle al Señor que renueve nuestro amor por Él y nos dé un anhelo profundo por Él en Su Palabra a fin de que sólo podamos estar satisfechos hasta que le encontremos, miremos y toquemos en Su Palabra. Con gusto el Señor contestará este tipo de oración.

2. Pasar tiempo con Él

“Nunca he visto a un hombre o a una mujer que después de haber pasado quince a veinte minutos a solas con el Señor cada día el rocío no permaneciera todo el tiempo con ellos. Tampoco he conocido a ninguno que se haya descarriado”.—D.L. Moody

Sencillamente debemos pasar tiempo con Aquel a quien amamos. Nada puede sustituir que pasemos un tiempo dedicado a solas con Él, libre de las distracciones, especialmente temprano en la mañana. Al pasar tiempo con Él primero, antes de que nos envolvamos en los asuntos del día, le experimentaremos como el rocío que refresca en nuestra comunión con Él. Solamente al apartar un tiempo para pasar con Él, conoceremos a Cristo, creceremos en nuestra relación con Él y creceremos en Su vida.

3. Alimentarse de Él en Su Palabra

“El ‘buen alimento’ es…el alimento que procede de la Palabra de Dios, porque de igual manera que el alimento fortalece los tejidos de nuestro cuerpo, repara los desperdicios y preserva nuestra salud, así es la Palabra de Dios, el alimento perfecto del alma”.—W.H. Griffith Thomas

La Biblia es nuestro alimento espiritual. En Jeremías 15:16 el profeta dijo: “Fueron halladas Tus palabras, y yo las comí; y Tu palabra me fue por alegría y por gozo de mi corazón”. Debemos acudir hambrientos a la Palabra a diario a fin de gustar y disfrutar a Dios, comer y beber de Él, y ser nutridos y satisfechos por Él. Alimentarnos de Su Palabra de esta manera imparte Su vida en nosotros. Si no tenemos el apetito por Dios en Su Palabra, podemos sencillamente pedirle que nos lo dé.

4. Abrirse a Él en la Palabra

“Los puntos de la verdad, por más interesantes; el conocimiento espiritual, por más profundo o extenso; el análisis bíblico, por más preciso o valioso; todos dejan el corazón estéril y las emociones frías. Deseamos encontrar a Dios en la Palabra, y al encontrarlo, alimentarnos de Él en fe”.—C.H. Mackintosh

Cuando acudimos a la Biblia meramente para obtener conocimiento o recibir una guía, es muy posible que el Señor pase desapercibido. El Señor Jesús dijo en Juan 5:39-40 “ Escudriñáis las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí. Pero no queréis venir a Mí para que tengáis vida”. Cuando venimos a la Biblia, debemos venir a contactar al Señor mismo y volver nuestro corazón nuevamente a Él. No debemos separar la Palabra de Cristo, sino venir y encontrar al Señor en Su Palabra.

Mientras buscamos al Señor en Su Palabra, podemos conversar con Él acerca de lo que estamos leyendo. También podemos confesarle nuestros pecados mientras la luz de Su Palabra nos ilumina. Podemos cantarle, alabarle y adorarle con lo que hallamos en la Palabra. Nuestro tiempo de lectura bíblica debe de ser un tiempo de comunión con el Señor.

5. Permanecer en las porciones pequeñas

“Toda lectura debe ser acompañada con meditación y oración. Lea un poco, ore y medite más”.—John Wesley

A menudo tratamos de leer mucho a la vez o leemos la Palabra de Dios demasiado rápido. Esta no es una manera saludable de asimilar la Palabra; de igual manera, cuando consumimos muy rápido un platillo enorme, esto no es muy saludable para nosotros físicamente. Al igual que con el alimento físico, es mejor consumir espiritualmente una porción pequeña e incluso masticarla y digerirla por medio de la oración. Cuando masticamos la Palabra de esta manera, nos nutre y se queda con nosotros todo el día.

6. Leer la Palabra acompañada con la oración

“La conexión vital entre la palabra y la oración es una de las lecciones más sencillas y una de las primeras de la vida cristiana”.—Andrew Murray

Nuestro tiempo con el Señor en Su Palabra debe estar lleno de oraciones conversacionales y de la lectura en voz alta de las Escrituras. Mientras leemos, podemos orar la Palabra, a tal punto que la Palabra se convierta en nuestra oración. De esta manera, hablar las Escrituras se convierte en nuestra oración a Dios y leer se convierte en poder escucharlo a Él.

7. Enfocarse en contactarlo a Él y no en llevar a cabo un deber

“Lo primero que debe preocuparnos no tiene que ver con cuánto debemos servir al Señor o cuánto debemos glorificar al Señor, sino cómo debe nuestra alma permanecer en un estado de alegría y cómo nuestro ser interior debe ser nutrido”.—George Mueller

En vez de ser una rutina seca o un deber, nuestro tiempo con el Señor en Su Palabra debe ser un tiempo de deleitarnos en el Señor. Este tiempo debe lograr que nuestros corazones estén alegres en Él y debe provenir de nuestro deseo puro y único por Dios mismo. En vez de ir en busca del conocimiento bíblico o respuestas a nuestras oraciones, este tiempo debe ser para quedarse en Su presencia a fin de disfrutarle de manera íntima.

Que este año todos podamos tener un nuevo comienzo con el Señor y sigamos desarrollando una relación personal con Él al pasar tiempo con Él. Que todos podamos aprender a ser nutridos con la Palabra de forma más profunda y que podamos renovar y enriquecer nuestros tiempos diarios de comunión personal con Él.

Conocer a Dios
Cinco nombres de Jesús en el Nuevo Testamento y lo que significan

El nombre Jesús es un nombre especial. ¡En realidad, es el nombre más especial en el universo! Filipenses 2:9 nos dice que Dios exaltó a Jesús hasta lo sumo, y le dio “un nombre que es sobre todo nombre”.

Además de Jesús, en el Nuevo Testamento podemos encontrar muchos otros nombres dados a nuestro Señor que son ricos en significado y comunican un aspecto particular de lo que Él es para nosotros.

En esta entrada, cubriremos cinco nombres del Señor mencionados en los libros de Mateo y Juan y usaremos algunas notas del Nuevo Testamento Versión Recobro que explican el significado de cada uno. Echarles un vistazo más de cerca a estos nombres aumentará nuestra apreciación de esta Persona maravillosa y nos ayudará a conocerlo a Él de una manera más profunda.

Jesús

Jesús es el primer nombre mencionado en el Nuevo Testamento en Mateo 1:1. Mateo 1:21 dice que es el nombre que Dios le dio. Un ángel del Señor se le apareció a José en un sueño y le instruyó:

“Y [ella] dará a luz un hijo, y llamarás Su nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados”.

Pero ¿qué significa el nombre Jesús?

La primera parte de la nota 1 de este versículo en la Versión Recobro dice:

“Jesús es el equivalente en el griego del nombre hebreo Josué (Nm.13:16), el cual significa Jehová el Salvador o la salvación de Jehová. Por lo tanto, Jesús no sólo es un hombre, sino Jehová, y no sólo Jehová, sino Jehová como nuestra salvación. Así que, Él es nuestro Salvador”.

Jehová es el Dios eterno y que existe para siempre. Debido a que el nombre Jesús significa Jehová el Salvador, esto indica que Jesus es Jehová mismo quien vino a ser un hombre para ser nuestra salvación. Sólo Jesús puede salvarnos del pecado, del juicio justo de Dios, de Satanás, del mundo, de una vida sin sentido y de otras cosas negativas. Hoy podemos ser salvos de las muchas cosas que nos molestan al invocar el nombre de Jesús.

Emanuel

Podemos ver otro nombre del Señor en Mateo 1:23:

“‘‘He aquí, una virgen estará encinta y dará a luz un hijo, y llamarán Su nombre Emanuel’ (que traducido es: Dios con nosotros)”.

La nota 2 en cuanto a Emanuel dice:

“Jesús fue el nombre que Dios le dio, mientras que Emanuel, que significa Dios con nosotros, fue como los hombres le llamaron. Jesús el Salvador es Dios con nosotros. Él es Dios y también es Dios encarnado para morar entre nosotros (Jn. 1:14). Él no sólo es Dios, sino Dios con nosotros”.

Que Dios more entre nosotros y esté con nosotros es algo tremendo. Antes de ser encarnado para ser el hombre Jesús, Dios estaba lejos de nosotros, habitando en los cielos en luz inaccesible. Pero el Señor Jesús, quien era  Dios mismo, era un hombre accesible. Él era verdaderamente Emanuel, Dios con nosotros.

En Mateo 28:20, después de Su muerte y resurrección, el Señor Jesús reconfortó a Sus discípulos diciendo: “He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo”. Esta promesa no fue sólo para Sus discípulos, sino para todos los que creemos en Él. En resurrección, Emanuel llegó a ser el Espíritu vivificante a fin de vivir en nuestro espíritu. Cuando fuimos regenerados, lo recibimos en nuestro espíritu humano, nuestra parte más profunda. Ahora Él vive en nosotros ¡y podemos experimentar a Dios con nosotros todo el tiempo!

Cristo

Otro nombre que se usa en el Nuevo Testamento para referirse al Señor es Cristo. Juan 1:41 dice:

“Él halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo)”.

La nota 1 sobre Mesías en la Versión Recobro nos dice:

“Mesías es una palabra hebrea; Cristo es la traducción al griego. Estas dos palabras significan el ungido. Cristo es el Ungido de Dios, Aquel que Dios designó para llevar a cabo Su propósito, Su plan eterno.”

Cristo fue designado por Dios para hacer Su voluntad y llevar a cabo Su propósito eterno. Él era el Aquel anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento y a quien el pueblo de Dios buscaba.

Lucas 4:17-21 nos muestra cómo la venida de Cristo cumplió las profecías del Antiguo Testamento sobre el Ungido de Dios:

“Y se le dio el rollo del profeta Isaías; y abriéndolo, halló el lugar donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre Mí, por cuanto me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres; me ha enviado a proclamar a los cautivos libertad, y a los ciegos recobro de la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año agradable del Señor, el año del jubileo.’ Y envolviendo el rollo, lo devolvió al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.”

Cristo es Aquel que trae las buenas nuevas de Su salvación a nosotros. Él sana nuestros corazones rotos, nos proclama libertad y abre nuestros ojos. Y cuando lo recibimos, recibimos a Aquel que está llevando a cabo el propósito de Dios a fin de cumplir Su deseo.

La Palabra

Otro nombre del Señor Jesús es la Palabra.

El comienzo del capítulo 1 de Juan es muy profundo. El versículo 1 dice:

“En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios”.

La nota 2 sobre Palabra dice:

“La Palabra es la definición, explicación y expresión de Dios; por lo tanto, es Dios definido, explicado y expresado”.

Si Cristo no fuera la Palabra, Dios nos sería misterioso y no lo podríamos conocer. El Señor como Palabra nos definió, explicó y expresó a Dios. Él nos declaró quién Dios es.

La nota 3 dice:

“La Palabra no está separada de Dios. El caso no es que la Palabra sea la Palabra, y Dios sea Dios, y que ambos sean entidades separadas. Al contrario, los dos son uno solo; por lo tanto, la siguiente cláusula afirma que la Palabra era Dios.”

La Palabra y Dios no están separados. La Palabra, quien estaba al principio con Dios, era Dios.

Sabemos que la Palabra se refiere a Jesús porque Juan pasó a decir en el versículo 14:

“Y la Palabra se hizo carne, y fijó tabernáculo entre nosotros (y contemplamos Su gloria, gloria como del Unigénito del Padre), llena de gracia y de realidad”.

La Palabra, quien es Dios mismo, salió de la eternidad al tiempo para llegar a ser carne. Es decir, se encarnó como hombre: Jesús. La Palabra eterna que estaba con Dios y que era Dios escogió unirse a Sí mismo a la humanidad. En el Antiguo Testamento, el tabernáculo era la morada de Dios entre Su pueblo. Pero aquí en el Nuevo Testamento, el tabernáculo era la Palabra que se hizo carne.

El Cordero de Dios

Jesús también es el Cordero de Dios. En Juan 1:29, cuando Juan el Bautista se encontraba bautizando a las personas en Betania, “vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”.

Cordero de Dios es un nombre particularmente dulce para todos aquellos que creen en el Señor. Hebreos 9:22 dice:

“Sin derramamiento de sangre no hay perdón”.

Esto significa que para que Dios nos perdonara de nuestros pecados era necesario que alguien muriera. Ese Alguien era el Cordero de Dios precioso y sin mancha, quien dio Su vida para redimir a cada uno de nosotros. Debido a que Él hizo esto por nosotros, no podemos evitar amarlo.

Al sólo ver los nombres del Señor que hemos abarcado en esta entrada, podemos amarlo y apreciarlo como Jesús, Dios quien vino a ser nuestro Salvador, y como Emanuel, Dios que siempre está con nosotros. Podemos alabarlo como Cristo, el Ungido de Dios quien lleva a cabo el propósito de Dios, y como la Palabra, Aquel que expresó a Dios en todo lo que hizo y dijo. Y podemos agradecerle por ser el Cordero de Dios sin mancha y sin defecto, quien se sacrificó a Sí mismo para efectuar la redención por nuestros pecados.

Sólamente hemos mencionado estos cinco nombres de una manera sencilla en esta entrada. Usted puede pedir una copia gratuita de un Nuevo Testamento Versión Recobro para leer todas las notas de estos versículos en su tiempo de estudio personal y ver aún más quién es Cristo para nosotros. ¡Él es tan maravilloso!

Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

Temas especiales
Autor destacado: ¿Quién es Watchman Nee?

¿Sabía usted que además de ofrecer copias gratuitas del Nuevo Testamento Versión Recobro a los residentes de los Estados Unidos, en Bibles for America también ofrecemos una selección de libros electrónicos cristianos gratuitos? Estos pueden ser descargados desde cualquier parte del mundo.

Bibles for America escogió regalar estos libros en particular porque nos han ayudado a conocer a Cristo y el propósito de Dios. Nuestro ardiente deseo es que nuestros hermanos creyentes tengan la oportunidad de beneficiarse de ellos como lo hemos hecho nosotros.

Los autores de estos libros son Watchman Nee y Witness Lee. Está más allá del alcance y la capacidad de una entrada de blog presentar una biografía completa de cada uno de estos dos hombres de Dios. Pero en esta entrada, presentaremos una biografía muy breve de Watchman Nee. Esperamos que le dé un vistazo de la profundidad de él como creyente y el ministerio de vida en sus libros.

El trasfondo de la vida de Watchman Nee

Comenzando a principios del siglo XIX, Dios obró en los corazones de muchos cristianos occidentales y despertó en ellos un fuerte deseo de que la gente en China escuchara el evangelio. Estos creyentes comenzaron a orar fervientemente, y finalmente, algunos viajaron a China para difundir el evangelio de Jesucristo donde no había sido proclamado antes. Como resultado de sus oraciones y labor, muchos que nunca habían escuchado el nombre de Jesús fueron traídos a Cristo para recibirlo como su Salvador.

En 1900, la rebelión violenta de los bóxers en China provocó una gran agitación. Tanto los creyentes chinos como los misioneros occidentales fueron perseguidos e incluso martirizados. Sin embargo, los cristianos en el Occidente perseveraron en ofrecer oraciones fervientes por China.

En la década de 1920, el Señor comenzó a responder a estas oraciones al llamar a los jóvenes en China a Sí mismo, incluyendo a muchos estudiantes universitarios. Cien años de labor misionero y sacrificio seguidos por años de oración desesperada habían abrierto el camino para que el Señor cultivara una generación de cristianos chinos jóvenes. Fue de entre esa generación que el Señor llamó a Watchman Nee.

La salvación de Watchman Nee

Watchman Nee nació en un hogar cristiano en China en 1903. Sin embargo, como un joven educado que no había sido salvo, consideraba la predicación cristiana como la ocupación más baja en la tierra. Era muy inteligente y capaz, y tenía grandes planes para su futuro.

En 1920, cuando Watchman Nee tenía 17 años, un evangelista conocido vino a predicar el evangelio a la iglesia de sus padres. Como resultado, muchos en la congregación creyeron en el Señor y fueron salvos. Pero aunque Watchman Nee asistió y fue conmovido por el mensaje del evangelio, no fue salvo inmediatamente. Se dio cuenta de que recibir a Cristo como su Salvador también significaba recibir a Cristo como su Señor, y esto requeriría que sirviera al Señor por el resto de su vida.

Este entendimiento le causó una gran confusión interior. Poco después de oír el evangelio predicado aquel día, Nee estaba solo en su habitación y reconoció que no tenía paz. Preocupado, no podía dormir, así que se arrodilló para orar. Uno tras otro, sus pecados vinieron a su mente. Vio que era un pecador. También vio a un Salvador herido en la cruz, con los brazos abiertos esperando recibirle.

Inundado por tal amor, Nee lloró. Al confesar su pecaminosidad al Señor, sintió que la carga del pecado fue quitada. Por primera vez en su vida, tuvo verdadera paz y alegría. Su respuesta inmediata fue consagrarse para servir al Señor Jesús por el resto de su vida.

El testimonio de Watchman Nee

Después de ser salvo, Watchman Nee buscó conocer al Señor Jesús en la Palabra de Dios y a través de los escritos espirituales de otros creyentes. Leía vorazmente y, bendecido con una mente aguda, era capaz de retener lo que leía.

En poco tiempo, comenzó a escribir sobre asuntos relacionados con la vida cristiana en revistas, tratados y libros. También tradujo obras cristianas importantes del inglés al chino para que otros creyentes de habla china pudieran beneficiarse de ellas.

Además de llevar a cabo su ministerio a través de la escritura y la publicación, Nee también habló en varios lugares de China. Estos mensajes luego fueron impresos  como libros. En 1938, él viajó a Europa y allí dio mensajes que finalmente fueron recopilados y publicados como La vida cristiana normal.

Era evidente que Nee era un don especial de Dios al Cuerpo de Cristo. Él ministró a partir de la Palabra de Dios en un país que durante mucho tiempo había sido privado tanto de las verdades básicas como de las verdades más profundas reveladas en la Palabra de Dios.

A través del ministerio de Watchman Nee, el Señor cultivó miles de creyentes y cientos de iglesias en toda China.

El encarcelamiento y martirio de Watchman Nee

En 1952, después de la revolución comunista en China, Nee fue arrestado por el gobierno comunista chino por causa de su fe. Después de ser falsamente acusado y condenado, Nee fue encarcelado. Nunca fue liberado y murió en un campo de trabajo forzado en 1972. Sin embargo, durante los 20 años de su encarcelamiento, se mantuvo firme en su fe. Después de su muerte, un guardia encontró estas palabras que Nee había escrito en un pedazo de papel en su cuarto:

“Cristo es el Hijo de Dios que murió por la redención de los pecadores y resucitó después de tres días. Ésta es la verdad más grande en el universo. Muero por causa de mi fe en Cristo”.

El ministerio de Watchman Nee

Innumerables creyentes han recibido luz y alimento espiritual a través del ministerio escrito de Nee. Incluso hoy, sus escritos continúan teniendo un gran impacto en los cristianos en todo el mundo.En 2009, el Congreso de los Estados Unidos reconoció a Watchman Nee por su devoción a su fe y sus contribuciones a los cristianos en todo el mundo.

Más información

Una biografía de Watchman Nee titulada Watchman Nee—un siervo que recibió la revelación divina en esta era fue escrita por Witness Lee y publicada por Living Stream Ministry. Para obtener información más detallada sobre la vida y el ministerio de Watchman Nee, puede visitar watchmannee.org (disponible sólo en inglés).

Además, Bibles for America ofrece copias electrónicas gratuitas de Elementos básicos de la vida cristiana, tomos 1-3. Estos folletos contienen escritos de ambos Nee y Lee y le ayudarán a experimentar al Señor Jesús de una manera personal y crecer en la vida de Dios. Puede descargarlos desde cualquier parte del mundo aquí.

La salvación
¿Qué sucede cuando una persona es salva?

Varias cosas maravillosas suceden cuando nos arrepentimos y recibimos al Señor Jesucristo como nuestro Salvador. Somos perdonados de todos nuestros pecados y librados de ser condenados por Dios y del castigo eterno. Como resultado, por primera vez en nuestras vidas, tenemos felicidad y paz incalculables. No podemos evitar amar al Señor Jesús quien murió por nosotros en la cruz.

Perdonados, librados y nacidos de nuevo

Ciertamente es maravilloso ser perdonado por Dios y librado del castigo eterno, pero eso no es todo. Quizás lo más asombroso que nos sucede cuando creemos en el Señor Jesús es que nacemos de nuevo, es decir, somos regenerados.

¿Qué significa la expresión nacer de nuevo? Algunos piensan que es una figura retórica, como el dicho hacer borrón y cuenta nueva, lo cual quiere decir que deciden ser mejores personas. Pero nacer de nuevo es algo más profundo. Según la Biblia, nacer de nuevo no es una metáfora que significa tener un nuevo comienzo. Por el contrario, nacer de nuevo es experimentar un nacimiento espiritual verdadero: hemos renacido con la vida de Dios.

¿Por qué necesitamos nacer de nuevo?

Ya que nuestros pecados han sido perdonados, ¿no es eso suficiente? ¿Por qué necesitamos nacer de nuevo?

Nacimos con la vida física y humana, la cual recibimos de nuestros padres. Pero Dios quiere que tengamos Su vida divina además de nuestra vida humana. Renacemos con la vida divina de Dios al creer en Cristo.

Sin importar si somos personas buenas que viven una vida muy moral, o si vivimos en el otro extremo o en algún punto intermedio, cada uno de nosotros necesita renacer espiritualmente a fin de tener la vida divina de Dios.

En Juan 3:3 el Señor Jesús nos deja en claro que todos debemos nacer de nuevo:

“El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.

A fin de que Su plan se lleve a cabo, Dios quiere que seamos personas quienes no sólo han sido perdonadas y limpiadas, sino quienes también poseen Su vida divina.

Dos nacimientos

Es por eso que Dios nos creó como vasos para contenerle. Específicamente, Él nos hizo con un espíritu humano, la parte más profunda de nuestro ser, la cual puede contactar, recibir y contener a Dios.

El Señor Jesús dijo en Juan 3:6: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. “Nacido de la carne” se refiere a nuestro nacimiento físico, y “nacido del Espíritu” se refiere a nuestro nacimiento espiritual.

“El Espíritu” es el Espíritu de Dios, y “espíritu” se refiere a nuestro espíritu humano. Cuando creemos en Jesucristo, nuestro espíritu humano nace del Espíritu con la vida divina de Dios.

¿Cómo es esto posible?

Dios es santo y justo. ¿Cómo puede Él dar Su vida eterna y divina a seres humanos pecaminosos? Gracias a que Cristo murió en la cruz, Dios puede perdonar y limpiar plenamente a todos aquellos que se arrepienten y creen en Él. Ahora el Dios santo y justo puede entrar en nuestro espíritu y engendrarnos con Su vida.

Necesitamos darnos cuenta de que Dios nos perdona, limpia y libra del castigo eterno para que podamos recibir Su vida eterna.

Para ilustrar esto, supongamos que queremos servirnos un zumo delicioso en un vaso. Pero hay un problema: el vaso está sucio. Primero debemos lavar el vaso y luego podemos llenarlo con el zumo.

De igual manera, Dios desea llenarnos consigo mismo como vida divina, pero primero nosotros los pecadores necesitamos ser limpiados con la sangre de Jesús. Una vez que creemos y somos limpiados, la vida divina puede entrar en nosotros sin ningún obstáculo.

Nacer de nuevo nos hace hijos de Dios

De la misma manera que nacer físicamente de nuestros padres nos hace sus hijos, nacer de Dios espiritualmente nos hace hijos de Dios.

Juan 1:12-13 nos dice este hecho:

“Mas a todos los que le recibieron [a Jesucristo], a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

¿No es maravilloso que nosotros como seres humanos podamos tener la vida divina de Dios y ser Sus hijos? ¡Qué cosas tan maravillosas nos sucedieron cuando fuimos salvos!

Agradeceremos al Señor Jesús por toda la eternidad por morir en la cruz por nosotros a fin de que pudiéramos ser perdonados y limpiados de nuestros pecados. Estamos muy agradecidos por que ya no estamos bajo la condenación de Dios, la cual conduce al castigo eterno. Pero también le agradecemos a Dios que Su salvación va más allá. ¡Nacimos del Espíritu en nuestro espíritu! ¡Tenemos la vida de Dios!

Podemos hacer eco de la alabanza que el apóstol Pedro ofrece a Dios en 1 Pedro 1:3:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según Su grande misericordia nos ha regenerado para una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos”.

Para conocer más acerca de este tema, puede leer gratis el capítulo 1 de Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1 aquí.

Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

El pecado y el perdón
Tres problemas que sólo la sangre de Jesús puede resolver

En otras entradas, hablamos de cómo los creyentes en Jesucristo pueden tener la certeza plena de que son salvos y nunca podrán perder su salvación.

Cuando recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador, fuimos perdonados y lavados de nuestros pecados. Pero aunque nuestra salvación es eterna, después de ser salvos todavía cometemos pecados. Desobedecemos a Dios o le fallamos en muchas situaciones en nuestra vida diaria.

Después de todo, 1 Juan 1:8, que fue escrito a creyentes, dice:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.

Cuando pecamos, esto resulta en tres problemas que involucran a tres partes: Dios, nosotros y Satanás. Veamos estos problemas y la única solución para cada uno: la sangre de Jesús.

1. Somos separados de Dios

Isaías 59:1-2 nos dice qué sucede entre nosotros y Dios cuando pecamos:

“No, no es demasiado corta la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado Su oído para oír. Pero vuestras iniquidades han venido a ser una separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros Su rostro, de modo que Él no os oye”.

Dado que Dios es santo y absolutamente justo, nuestros pecados nos separan de Él. No es necesario cometer un crimen grave para separarnos de Dios; incluso decir una pequeña mentira crea una barrera entre nosotros y Él. Sólo la sangre de Jesús puede remover esta barrera.

Solución: La sangre de Jesús nos limpia de todo pecado

Leamos lo que dicen 1 Juan 1:7 y 9:

“Pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado... Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.

Podemos ser perdonados y limpiados de todo pecado por la sangre de Jesús. Esto elimina la separación entre nosotros y Dios.

Pero dése cuenta de que en estos versículos para que seamos perdonados, primero se requiere algo: debemos confesar nuestros pecados a Dios. Cuando confesamos, Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos porque la sangre de Jesús satisface todos los justos requisitos de Dios.

La nota 2 sobre el versículo 9 en El Nuevo Testamento Versión Recobro dice:

“Dios es fiel a Su palabra (v. 10) y justo con relación a la sangre de Jesús Su Hijo (v. 7). Su palabra es la palabra de la verdad de Su evangelio (Ef. 1:13), la cual nos dice que Él perdonará nuestros pecados por causa de Cristo (Hch. 10:43); y la sangre de Cristo ha satisfecho Sus justos requisitos para que Él pueda perdonar nuestros pecados (Mt. 26:28). Si confesamos nuestros pecados, Dios, conforme a Su palabra y con base en la redención efectuada mediante la sangre de Jesús, nos perdona porque Él tiene que ser fiel a Su palabra y justo con relación a la sangre de Jesús; de otro modo, Él sería infiel e injusto”.

A veces, después de confesar nuestros pecados a Dios, es posible que no nos sintamos perdonados. Pero nuestros sentimientos no determinan si somos perdonados; nuestro perdón se basa en la sangre de Jesús. Según la Biblia, si confesamos nuestros pecados a Dios, somos perdonados y tenemos el derecho de acercarnos a Él confiadamente. La separación es eliminada y podemos disfrutar de la comunión con Él una vez más.

2. Tenemos el sentimiento de culpa en nuestra conciencia

Otro gran problema creado por el pecado es el sentimiento de culpa en nuestro interior. Dios está satisfecho con la sangre de Jesús como pago por nuestros pecados, pero puede que el sentimiento de culpa nos acose. Esto se debe a que los pecados que cometemos dejan una mancha en nuestra conciencia. El sentimiento de culpa proviene de nuestra conciencia manchada.

Tener una conciencia culpable es un asunto serio. Todos sabemos el efecto miserable de una conciencia culpable. Y nada de lo que podamos hacer es capaz de borrar la mancha de nuestra conciencia.

Solución: La sangre de Cristo purifica nuestra conciencia

Pero la Palabra de Dios nos da la respuesta a este problema. Hebreos 9:14 nos muestra la única solución para una conciencia culpable:

“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo?”.

La misma sangre que requiere que Dios nos perdone también purifica nuestra conciencia y lava la mancha del pecado. ¡La sangre de Cristo es verdaderamente poderosa!

Si un sentimiento de culpa permanece después de confesar nuestros pecados, simplemente debemos permanecer firmes en la Palabra de Dios. Podemos orar, “Gracias, Señor Jesús, que por Tu sangre soy perdonado y limpiado. ¡Señor, Tu Palabra dice que Tu sangre incluso purifica mi conciencia! Gracias, mi pecado es completamente lavado por la sangre de Jesús”. Cuanto más permanezcamos firmes en la Palabra de Dios en lugar de confiar en nuestros sentimientos, más certeza tendremos de que la mancha en nuestra conciencia ha sido limpiada.

3. Somos acusados por Satanás

Después de haber tomado medidas con respecto a nuestros pecados ante Dios, puede que tengamos otro problema: un sentimiento en nuestro interior de acusación con respecto a nuestros pecados. Esta acusación puede convertirse en una nube gigante sobre nuestras cabezas, robándonos toda la paz. A pesar de que nos damos cuenta de que hemos sido perdonados por Dios y de que nuestra conciencia ha sido purificada, es posible que estemos preocupados por esa persistente acusación y continuemos culpándonos por lo que hemos hecho.

Este sentimiento puede llevarnos a confesar nuestro pecado a Dios nuevamente, haciéndonos pensar que nuestra confesión no fue suficientemente completa la primera vez, o que no nos lamentamos lo suficiente. Pero no importa cuántas veces confesemos el mismo pecado a Dios, las acusaciones simplemente no se van.

¿Por qué es eso? Es extremadamente importante ver de dónde provienen estas acusaciones. No son de Dios. Hemos visto que Dios está obligado por Su fidelidad y justicia a perdonarnos cuando confesamos. Las acusaciones tampoco provienen de nuestra conciencia. La sangre de Jesús purifica nuestra conciencia manchada de pecado.

Entonces, ¿de dónde vienen esas acusaciones? La Biblia nos dice que provienen de Satanás.

De hecho, en Apocalipsis 12:10 dice esto acerca de Satanás:

“Ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche”.

Satanás es el enemigo de Dios y nuestro acusador. Él pasa su tiempo acusando a los creyentes, incluso de día y de noche. Su objetivo es debilitarnos e incluso paralizarnos. Quiere privarnos de nuestro disfrute del Señor y de todo lo que Él ha hecho por nosotros. Si aceptamos sus acusaciones, nuestra comunión con Dios se verá estorbada y sufriremos una gran pérdida en nuestra vida espiritual.

Solución: Vencemos a Satanás por causa de la sangre de Jesús

Pero Apocalipsis 12:11 nos dice cómo tratar con estas acusaciones de Satanás:

“Y ellos le han vencido por causa de la sangre del Cordero”.

La nota 2 sobre este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro es iluminadora:

“La sangre del Cordero, la cual nos redime, es la respuesta ante Dios a todas las acusaciones que el diablo tiene contra nosotros y nos da la victoria sobre él. Tenemos que aplicar esta sangre cada vez que el diablo nos acuse”.

Definitivamente necesitamos confesar nuestros pecados al Señor para ser perdonados y tener nuestra conciencia limpia de la mancha del pecado. Pero después de eso, si somos acosados ​​por las persistentes acusaciones sobre ese mismo pecado, debemos tomar medidas adicionales. Tenemos que decir “¡NO!” a las acusaciones de Satanás y declararle la eficacia plena de la sangre de Jesús. Tenemos que apuntar a Satanás, el que nos acusa, a la sangre del Cordero.

En lugar de sucumbir a las acusaciones de Satanás, debemos rechazarlas. Cuando él nos acuse, simplemente deberíamos declarar: “Satanás, rechazo tus acusaciones. Mira la sangre de Jesús. ¡Dios está satisfecho con la sangre redentora de Cristo, mi conciencia está purificada con Su sangre limpiadora y tú eres derrotado por Su sangre vencedora!”.

Experimentar la sangre de Jesús

Al creer en y experimentar la eficacia de la sangre de Jesús, nuestro andar cristiano cambiará.

Nunca tenemos que permanecer separados de Dios, agobiados por el sentimiento de culpa o atormentados por las acusaciones de Satanás. Cuando pecamos, debemos confesar nuestros pecados, creer que Dios nos perdona y purga nuestra conciencia de la mancha de nuestro pecado, e incluso declarar a Satanás que hemos sido perdonados y limpiados por la sangre de Jesús. ¡La sangre de Cristo es verdaderamente preciosa!

Para aprender más sobre el poder de la sangre de Jesús, recomendamos leer el capítulo 3 titulado “La preciosa sangre de Cristo” en Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1, por Witness Lee y Watchman Nee. Puede descargar este libro gratis aquí desde cualquier parte del mundo.

Si usted vive en los Estados Unidos, también le recomendamos que pida una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro para que pueda leer todos los versículos que hemos mencionado en esta entrada junto con sus notas útiles.

La vida cristiana
2 Corintios 3:18: mirar y reflejar al Señor a cara descubierta

En una entrada anterior vimos que según la Biblia, la verdadera transformación cristiana no es producida por una mejora en el comportamiento, o por actuar de una manera que pensamos que se asemeja más a Cristo. En cambio, es el resultado de la vida de Dios operando y creciendo dentro de nosotros.

En 2 Corintios 3:18 se nos dice que estamos siendo transformados al mirar y reflejar al Señor como un espejo. A medida que lo miramos, más de Cristo es infundido en nosotros, lo que resulta en un proceso “metabólico” espiritual: nuestro elemento viejo natural es reemplazado con más de Cristo, y espontáneamente vivimos de acuerdo a Él.

En esta entrada, echaremos un vistazo más de cerca a 2 Corintios 3 con la ayuda de notas de la Versión Recobro para ver las cosas que pueden impedirnos ser capaces de mirar al Señor y cómo podemos tratar con ellas.

Los creyentes son como espejos

Primero, leamos 2 Corinthians 3:18:

“Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu”.

Aquí, el apóstol Pablo nos compara a nosotros los creyentes con un espejo. Un espejo es una superficie que tanto mira como refleja lo que tiene delante. Pero si el espejo está cubierto, o velado, no puede mirar ni reflejar nada. Tiene que ser descubierto.

De la misma manera, si nosotros los creyentes hemos de mirar la gloria del Señor —es decir, verlo y contemplar Su hermosa y gloriosa Persona— debemos tener la cara descubierta. Entonces, ¿qué significa tener una cara descubierta?

¿Qué es un velo?

Para ver lo que significa tener una cara descubierta, primero tenemos que ver qué es un velo. Para esto, leamos 2 Corintios 3:15:

“Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos”.

Aquí, el apóstol Pablo estaba hablando del pueblo judío, que veneraba los escritos de Moisés en el Antiguo Testamento. No fueron los escritos de Moisés mismos, sino lo que el pueblo judío creía saber acerca de ellos lo que se convirtió en un velo en su corazón. Por esto, no podían ver que los escritos de Moisés revelaban al Señor Jesús.

Sabemos esto por la propia palabra del Señor en Lucas 24. Este capítulo relata el encuentro y la conversación del Jesús resucitado con dos de Sus discípulos en el camino a Emaús. El versículo 27 dice:

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les explicaba claramente en todas las Escrituras lo referente a Él”.

Jesús dejó en claro que los escritos de Moisés e incluso todo el Antiguo Testamento se referían a Él mismo. Estos escritos revelaron no una religión para que la gente la siguiera, sino una Persona maravillosa, Jesucristo.

Pero el pueblo judío no podía ver esto, porque Pablo dijo que tenían un velo sobre sus corazones. Muchos versículos de la Biblia revelan que nuestro corazón está compuesto por nuestra mente, parte emotiva, voluntad y nuestra conciencia. Nuestro corazón es el órgano con el que amamos a Dios, a las personas y a las cosas. Nuestro corazón también es la puerta de nuestro ser, que determina si estamos abiertos o cerrados a personas y asuntos particulares.

Nuestro corazón es fundamental para nuestra relación con Dios, por lo que la condición de nuestro corazón es crucial. Si tenemos un velo sobre nuestro corazón, ¿cómo podemos ver a Dios? ¿Cómo puede Él infundirse a Sí mismo en nosotros? Tener un corazón velado es un asunto serio.

¿Qué velos tenemos?

¿Qué tal nosotros hoy? Podemos pensar que sabemos quién es Jesús, por lo que la palabra de Pablo en 2 Corintios 3 no se aplica a nosotros.

Pero necesitamos darnos cuenta de que, en principio, un velo puede cubrir nuestro corazón en cualquier momento. Las cosas pecaminosas sin duda son un problema entre nosotros y Dios, y necesitamos ocuparnos de ellas. Pero del ejemplo que Pablo usó del pueblo judío, podemos ver que incluso las cosas relacionadas con Dios y Su Palabra pueden ser un problema para nosotros. Cualquier cosa que surja de nuestras propias nociones preconcebidas o suposiciones acerca de la Palabra es un velo que cubre nuestro corazón y nos impide mirar al Señor.

Por ejemplo, podemos tener ciertas ideas acerca de cómo debemos adorar a Dios, cómo agradar a Dios, o cómo vivir la vida cristiana. Estas ideas pueden preocuparnos y evitar que veamos al Señor.

No sólo eso, las cosas que parecen inofensivas o ajenas a nuestro caminar cristiano, tales como nuestra filosofía personal o tradiciones culturales, también pueden llegar a ser un velo que cubre nuestro corazón.

Siendo así, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos quitar los velos de nuestro corazón?

Volver nuestro corazón al Señor

La respuesta a esta pregunta es doble e involucra tanto a nuestro corazón como a nuestro espíritu, nuestra parte más profunda.

En relación a nuestro corazón, 2 Corintios 3:16 nos dice:

“Pero cuando su corazón se vuelve al Señor, el velo es quitado”.

¡Qué palabra tan alentadora! La nota 1 sobre este versículo en la Versión Recobro nos dice:

“Esto indica que cuando su corazón está lejos del Señor, el velo está puesto sobre su corazón. Cuando su corazón se vuelve al Señor, el velo es quitado. En realidad, su corazón alejado del Señor es el velo. Volver su corazón al Señor es quitar el velo”.

Así que tenemos que preguntarnos, ¿está nuestro corazón alejado del Señor o se ha vuelto al Señor?.

Cada vez que sentimos que no podemos ver al Señor, debemos alejarnos de lo que sea que nos ocupa y volver nuestro corazón al Señor. No queremos aferrarnos o atesorar ninguno de nuestros propios conceptos o puntos de vista; simplemente lo queremos a Él, y queremos verlo como Él es realmente.

Para volver nuestro corazón al Señor, podemos orar algo como esto:

“Señor Jesús, te amo. No quiero aferrarme a ninguno de mis propios pensamientos o suposiciones acerca de Ti. Sólo te quiero a Ti. Quiero mirarte a Ti, Señor. Así que vuelvo mi corazón a Ti ahora mismo”.

Y la Palabra de Dios nos asegura que cada vez que volvemos nuestro corazón al Señor, el velo es quitado.

Ejercitar nuestro espíritu

Luego, en relación a nuestro espíritu, en 2 Corintios 3:17 dice:

“Y el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”.

A fin de que experimentemos la libertad mencionada aquí, es crucial que nos demos cuenta de quién es Cristo hoy y dónde está. Este versículo nos dice que el Señor resucitado, Cristo, es el Espíritu.

¿Y dónde está el Espíritu del Señor? En 2 Timoteo 4:22 se nos dice:

“El Señor esté con tu espíritu”.

El día que creímos en Él, el Señor como Espíritu entró en nuestro espíritu y ahora mora allí.

Puesto que el Señor está en nuestro espíritu, debemos ejercitar o usar nuestro espíritu para tener contacto con Él. Así es como podemos experimentar ser librados de todo lo que nos preocupa.

Podemos ejercitar nuestro espíritu al orarle, leer Su Palabra e invocar Su nombre.

Mirar y reflejar el Señor

Cuando nuestro corazón se vuelve a Él y nuestro espíritu es ejercitado, experimentamos lo que está escrito en 2 Corintios 3:18:

“Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu”.

La nota 3 sobre cara descubierta en la Versión Recobro dice:

“En contraste con la mente y el corazón que se hallan cubiertos por el velo (vs. 14-15). Si nuestra cara está descubierta, significa que nuestro corazón se ha vuelto al Señor, de modo que el velo ha sido quitado, y el Señor como Espíritu nos ha librado de la esclavitud, el velo, de la ley, así que ya no hay nada que nos separe del Señor”.

¡Qué bueno es estar descubierto! Cuando no tenemos un velo sobre nuestro corazón ni nada que nos separe del Señor, podemos mirar al Señor.

Este versículo también habla de reflejar. La nota 4 explica:

“Mirar la gloria del Señor significa que nosotros mismos vemos al Señor; reflejar la gloria del Señor es hacer posible que otros lo vean a Él a través de nosotros”.

El resultado de mirar al Señor

Al mirar al Señor, algo maravilloso sucede dentro de nosotros. La nota 7 sobre somos transformados en 2 Corintios 3:18 explica:

“Cuando a cara descubierta miramos y reflejamos la gloria del Señor, Él nos infunde los elementos de lo que Él es y ha hecho. De esta manera somos transformados metabólicamente hasta tener la forma de Su vida por medio del poder y la esencia de la misma, es decir, estamos siendo transfigurados a Su imagen, principalmente por la renovación de nuestra mente (Ro. 12:2). La frase somos transformados indica que estamos en el proceso de transformación”.

Al infundirnos el Señor con los elementos de lo que Él es y lo que ha hecho, un proceso metabólico espiritual tiene lugar dentro de nosotros: estamos siendo transformados en la misma imagen gloriosa del Señor. Como resultado de este proceso continuo, expresaremos a Dios, y el plan de Dios para con nosotros se cumplirá.

A medida que nos tomamos el tiempo para contemplar al Señor y mirarlo, Sus pensamientos, sentimientos e intenciones gradualmente llegan a ser nuestros, y reflejaremos a Cristo a la gente que nos rodea. Practiquemos todos volver nuestros corazones al Señor, pasar tiempo en comunión con Él y ejercitar nuestros espíritus todos los días para que podamos experimentar este maravilloso proceso a lo largo de la vida.

Si usted vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para que pueda leer todas las notas sobre los versículos mencionados en esta entrada.

El pecado y el perdón
¿Qué debo hacer cuando peco después de ser salvo?

Cuando primero nos arrepentimos ante Dios y recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador, fuimos perdonados de todos nuestros pecados y salvos del juicio. ¡Fuimos llenos de alegría y paz!

Pero aunque somos salvos, todavía cometemos pecados. El hecho de que pecamos después de ser salvos no significa que nuestra salvación no sea real o eternamente segura. La Biblia nos da la certeza de que sí lo es, así que no necesitamos ser salvos de nuevo.

Pero ¿qué debemos hacer cuando pecamos? Por parte de Dios, Él no puede simplemente pasar por alto o ignorar los pecados que cometemos. Y por nuestra parte, estamos cargados de culpa después de hacer algo que ofende a Dios. En esta entrada, leeremos pasajes claves de la Biblia que nos muestran cómo podemos aplicar la provisión de Dios para nosotros cuando pecamos después de ser salvos.

¿Por qué pecamos después de ser salvos?

Primero, hablemos de por qué pecamos incluso después de recibir al Señor.

Dios creó a los seres humanos con un espíritu, un alma y un cuerpo. La intención original de Dios para Adán, quien representa a toda la humanidad, era que recibiera la vida divina de Dios al comer el árbol de la vida en el huerto del Edén. Pero en lugar de hacer eso, Adán desobedeció a Dios y asimiló la naturaleza maligna de Satanás al comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.

Las consecuencias terribles de la desobediencia de Adán todavía están con nosotros hoy. Una consecuencia fue que el cuerpo puro que Dios creó fue contaminado y se convirtió en la carne, llena de pasiones e inclinada a pecar.

Cuando nacimos de nuevo, recibimos la vida divina de Dios en nuestro espíritu. Pero nuestro cuerpo caído sigue siendo la carne pecaminosa.

Gálatas 5:16 dice:

“Digo, pues: Andad por el Espíritu, y así jamás satisfaréis los deseos de la carne”.

Pablo les escribió estas palabras a creyentes en Galacia. Esto nos muestra que aún tenemos la carne caída con sus deseos incluso después de ser salvos, lo que explica por qué pecamos.

¿Qué debemos hacer cuando pecamos?

La Biblia nos dice claramente lo que debemos hacer cuando pecamos: debemos confesar nuestros pecados al Señor.

En 1 Juan 1:9, que fue escrito a los creyentes, se nos dice:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.

Confesar nuestros pecados a Dios es indispensable en nuestra vida cristiana. Ahora, veamos en detalle el asunto de confesar nuestros pecados.

Por qué necesitamos confesar nuestros pecados

Dios desea tener una relación amorosa con nosotros. Pero cuando pecamos, surge una barrera entre nosotros y Dios que interrumpe nuestra comunión con Él. Esto se debe a que Dios es santo y justo; Él no puede pasar por alto el pecado.

Todos hemos experimentado una interrupción similar en nuestras relaciones humanas. Digamos que usted le habla a su amigo de una manera hiriente, pero nunca se disculpa. Ambos sienten que ha surgido una barrera entre ustedes. El paso del tiempo no ayuda. A menos que aclare las cosas disculpándose, ninguno de ustedes puede sentirse cómodo en presencia del otro.

Cuando se trata de nuestra relación con el Señor, esto es aún más cierto. Disfrutamos de una comunión libre y abierta con el Señor, pero cuando pecamos, nuestra conciencia nos dice que lo hemos ofendido. La comodidad y dulzura en nuestra relación se pierde; nuestro pecado es ahora una barrera entre nosotros. No podemos disfrutar de la comunión con Él como lo hacíamos antes.

La única manera en que nuestra comunión con el Señor puede ser restaurada es al confesar nuestros pecados a Él.

Lo que significa confesar nuestros pecados

Confesar nuestros pecados significa que admitimos y reconocemos nuestros pecados ante Dios. No los cubrimos, no actuamos como si no hubiéramos hecho nada malo, ni esperamos que después de que pase algún tiempo, todo estará bien.

El escritor de Salmo 32 dijo en el versículo 5:

“Mi pecado reconocí ante Ti, y no cubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré a Jehová mis transgresiones. Y Tú perdonaste la iniquidad de mi pecado”.

Así que debemos reconocer nuestros pecados ante el Señor y admitir que hemos pecado al confesarlos a Él.

Pero ¿cómo sabemos cuándo hemos pecado? ¿Qué deberíamos confesar?

En 1 Juan 1:5 se nos dice: “Dios es luz”. Cuando Dios brilla sobre nosotros, expone nuestros pecados y fracasos, y llegamos a estar conscientes de ellos. La resultante sensación de culpa en nuestra conciencia es intransigente. No puede ser subyugada por ningún razonamiento o excusa de nuestra parte.

En respuesta, estamos de acuerdo con la luz de Dios y Su juicio sobre nuestro pecado al decir: “Sí, Señor, eso es pecado”.

Pero no necesitamos examinarnos a nosotros mismos ni preocuparnos por si hemos hecho algo mal o no. La luz de Dios expone nuestros pecados. Y el resplandor del Señor no es impreciso sino muy específico. Él brilla en cosas como una mentira que dijimos, la forma en que le hablamos a alguien o nuestra desobediencia.

Cómo confesar nuestros pecados al Señor

Confesamos nuestros pecados directamente a Dios por medio de la oración. Ya sea una transgresión pequeña o una grave, tan pronto como nos demos cuenta de ello, inmediatamente debemos admitir nuestro pecado ante Dios y pedir Su perdón.

Para hacer esto, no necesitamos ir a un lugar determinado, decirle a una persona especial o esperar un momento en particular. No importa dónde estemos, tan pronto como sepamos que hemos pecado y ofendido al Señor, Dios quiere que le confesemos en oración. Dado que Él está viviendo en nuestro espíritu, podemos confesarle nuestros pecados en cualquier lugar, en cualquier momento.

El resultado de la confesión: perdón y limpieza

Volvamos a 1 Juan 1:9 para ver el resultado de nuestra confesión:

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”.

El resultado de confesar nuestros pecados es que somos perdonados y limpiados. La sangre del Señor fue derramada para que pudiéramos ser perdonados.

La nota 2 sobre este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica lo que significa que Dios sea fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados:

“Dios es fiel a Su palabra (v. 10) y justo con relación a la sangre de Jesús Su Hijo (v. 7). Su palabra es la palabra de la verdad de Su evangelio (Ef. 1:13), la cual nos dice que Él perdonará nuestros pecados por causa de Cristo (Hch. 10:43); y la sangre de Cristo ha satisfecho Sus justos requisitos para que Él pueda perdonar nuestros pecados (Mt. 26:28). Si confesamos nuestros pecados, Dios, conforme a Su palabra y con base en la redención efectuada mediante la sangre de Jesús, nos perdona porque Él tiene que ser fiel a Su palabra y justo con relación a la sangre de Jesús; de otro modo, Él sería infiel e injusto. Debemos confesar los pecados para que Él nos pueda perdonar. Tal perdón, cuyo fin es restaurar nuestra comunión con Dios, es condicional, pues depende de nuestra confesión”.

Aunque el que seamos perdonados y limpiados se basa en la fidelidad y justicia de Dios, requiere nuestra confesión.

La nota 3 sobre el mismo versículo explica lo que significa ser limpiado de toda injusticia:

“Perdonarnos es liberarnos de la ofensa causada por nuestros pecados, mientras que limpiarnos es lavarnos de la mancha de nuestra injusticia”.

Así que no sólo somos perdonados, sino que incluso somos limpiados de la mancha de nuestra injusticia cuando confesamos. Así es como nuestra comunión con el Señor es restaurada.

Algunos ejemplos prácticos

Digamos que su lugar de trabajo tiene un inventario de libretas y bolígrafos. Como son del tipo que le gusta, agarra unos pocos para uso personal en casa. Más tarde, mientras pasa tiempo con el Señor, Él brilla sobre usted y lo condena en su conciencia de que ha tomado algo que no le pertenece.

Podría razonar: “La oficina tiene muchos; no se darán cuenta”. O bien, podría estar de acuerdo con el sentimiento de condenación y culpa en su conciencia y reconocer que lo que hizo estuvo mal.

Cuando decide estar de acuerdo con el Señor, inmediatamente puede admitir que pecó y decir: “Sí, Señor, tienes razón; he pecado. Confieso que tomé esas cosas. Lo siento. Perdóname, Señor. Gracias por derramar Tu sangre preciosa para quitar mi pecado. Señor, límpiame de este pecado”.

Lo que se requiere no es una promesa de mejorar, sino un reconocimiento de su pecado. Después de confesar, también debe reconciliarse cuando sea necesario. En este caso, debe devolver los artículos a su lugar de trabajo.

Como otro ejemplo, digamos que usted pierde los estribos con un miembro de la familia y sale de la habitación con ira. Luego, más tarde, el Señor brilla sobre usted y se da cuenta de que estaba equivocado. Puede confesar inmediatamente al Señor: “Señor, lamento haber perdido los estribos. Perdóname, por favor. Lávame en Tu preciosa sangre ahora mismo”. Dios inmediatamente lo perdona, y la barrera en su comunión es removida.

Dado que ofendió no sólo al Señor sino también a su familiar, también debe disculparse con esa persona.

Podríamos pensar que algunos pecados parecen demasiado pequeños para preocuparnos. Pero debemos confesar cualquier pecado sobre el que el Señor Jesús brille, grande o pequeño. Todos importan. Si dejamos que los pecados pequeños se acumulen, finalmente nos resultará fácil dejar que un pecado grande permanezca sin confesar. Y cualquier pecado interrumpe nuestra comunión con Dios.

Confesar nuestros pecados en nuestra vida diaria

Confesar nuestros pecados debería ser un asunto diario.

Así como es imposible no ensuciarnos las manos en nuestra vida diaria, es imposible pasar un día sin pecar de alguna manera. Nos lavamos las manos a lo largo del día, cada vez que notamos que se han ensuciado. No dejamos que la suciedad se acumule. De la misma manera, es mejor que confesemos nuestros pecados tan pronto como nos demos cuenta de ellos y no dejemos que se acumulen. Podemos experimentar ser perdonados y limpiados varias veces al día.

Así es como podemos tener una relación cercana y amorosa con el Señor y continuar creciendo en Él. Le animamos a leer el capítulo 3 de Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1 para aprender más sobre la provisión de Dios para nuestros pecados. Usted puede descargar el libro electrónico gratis desde cualquier parte del mundo aquí.

También pude leer los versículos y las notas del Nuevo Testamento Versión Recobro mencionados en esta entrada. Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratis de este Nuevo Testamento de estudio excepcional aquí.

El plan de Dios
Tres pasos importantes en el plan de salvación de Dios después de la caída del hombre

Anteriormente hablamos de que el hombre fue creado por Dios para Su propio propósito, pero se convirtió en un ser caído, pecaminoso e incapaz de vivir de una manera que cumpliera el plan de Dios. Las consecuencias de la caída del hombre son trágicas, y vemos su efecto en nuestras vidas y dondequiera que miremos hoy día.

Sin embargo, ¡Dios nunca puede ser derrotado! Y aunque el plan de Dios fue frustrado por un tiempo, éste nunca puede ser arruinado. En Su sabiduría, Dios tomó tres tremendos pasos para llevar a cabo Su plan original de impartir Su vida eterna en nosotros a fin de que participemos de Su vida y le expresemos.

Paso 1: Dios se hizo un hombre llamado Jesucristo

Hay dos versículos en el libro de Juan que describen el primer paso que Dios tomó. Juan 1:1 dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Luego, Juan 1:14 dice: “Y el Verbo se hizo carne, y fijó tabernáculo entre nosotros”.

Cuando juntamos estos dos versículos vemos algo extraordinario. El Verbo, quien es Dios, se hizo carne. ¡Dios se hizo hombre! Este primer paso por medio del cual Dios se hizo hombre se conoce como la encarnación.

Este paso es verdaderamente asombroso. El Dios del universo, quien es infinito y eterno, se hizo un hombre de carne y sangre, Jesucristo. Jesús vivió una vida humana limitada por el tiempo y el espacio y experimentó toda clase de sufrimiento humano. No obstante, Él fue el único hombre en toda la historia humana que no tuvo pecado. Durante Sus treinta y tres años y medio en la tierra, Él expresó plenamente a Dios en cada aspecto de Su vivir. Podemos ver Su humanidad maravillosa, la manera en que vivió y las palabras de gracia y verdad que Él habló cuando leemos los cuatro Evangelios.

A través de la encarnación, Cristo se vistió de un cuerpo físico de carne y sangre, lo cual hizo posible que Él muriera por nosotros. Su vida perfecta y sin mancha lo hizo apto para efectuar la redención por nosotros en la cruz.

Paso 2: Cristo murió en la cruz a fin de redimirnos

Jesucristo vino a morir por nuestros pecados. Juan 1:29 nos dice que cuando Juan el Bautista lo vio, declaró: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Como Cordero de Dios, Cristo fue sacrificado por nosotros en la cruz. El segundo paso en el plan de salvación de Dios fue la crucifixión de Cristo.

Es por medio de la crucifixión de Cristo que la humanidad pecaminosa fue redimida, como podemos ver en Efesios 1:7:

“En quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de los delitos según las riquezas de Su gracia”.

La sangre de Cristo fue derramada no sólo para redimirnos y limpiarnos de nuestros pecados, sino también para acercarnos a Dios. Efesios 2:13 nos dice:

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”.

Nosotros los seres humanos pecaminosos podemos ser redimidos, perdonados y traídos de nuevo a Dios gracias a la crucifixión de Cristo.

Paso 3: Cristo se levantó de entre los muertos

La muerte de Cristo efectuó la redención, pero Su muerte redentora no es el fin de la historia. ¡Jesucristo se levantó de entre los muertos y derrotó a la misma muerte! El tercer paso en el plan de salvación de Dios es la resurrección de Cristo.

La resurrección de Cristo es un hecho cumplido, pero no es sólo para que lo apreciemos objetivamente. En 1 Corintios 15:45 leemos estas palabras extraordinarias:

“Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente’; el postrer Adán, Espíritu vivificante”.

Esto es tremendamente importante. Como un hombre de carne y sangre, Cristo nunca hubiera podido entrar en nosotros para ser vida para nosotros. Él nos redimió mediante Su muerte, pero nos puede impartir vida debido a que fue resucitado.

En resurrección, el Cristo que fue crucificado por nosotros es ahora el Espíritu vivificante. Como Espíritu, Él puede entrar en nuestro espíritu humano para morar en nosotros. De este modo, nacemos de nuevo y ¡llegamos a ser hijos de Dios con la vida de Dios!

Cristo, quien es el Espíritu vivificante, está disponible en cualquier momento y en cualquier lugar para todo aquel que se arrepienta, crea en Él y abra su corazón para recibirle. Cuando lo recibimos, recibimos la vida eterna, como Dios se había propuesto originalmente. A medida que esta vida crece en nosotros, extendiéndose desde nuestro espíritu hasta nuestra alma, expresamos a Dios a todos los que nos rodean.

La caída del hombre fue calamitosa. Sin embargo, el plan de salvación de Dios fue llevado a cabo por estos tres tremendos pasos: la encarnación, la crucifixión y la resurrección. Dios en Cristo efectuó la redención por nosotros para perdonar nuestros pecados y traernos de nuevo a Sí mismo. Dios nos redimió con el fin de que Él pudiera cumplir Su meta de entrar en nuestro espíritu para vivir en nosotros y ser expresado a través de nosotros.

¿Ha orado para ser perdonado de sus pecados y recibir la vida de Dios? Si no lo ha hecho, puede orar una oración sencilla como ésta:

Señor Jesús, me vuelvo a Ti y abro mi corazón a Ti. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Gracias por resucitar de entre los muertos. Gracias, Señor, por ser el Espíritu vivificante. Señor Jesús, creo en Ti y Te recibo en mí espíritu ahora mismo. ¡Gracias, Señor, por venir a vivir en mí!

Para conocer más acerca de este tema, puede leer gratis el capítulo 1 de Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1 aquí.

Todos los versículos son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

La vida cristiana
¿Qué es el corazón según la Biblia?

Si busca corazón en línea, encontrará millones de artículos sobre el corazón físico, incluso con fotos y diagramas. Puede leer explicaciones detalladas de qué hace en el cuerpo y cómo funciona. También encontrará abundante información sobre el cuidado de su corazón para que pueda vivir más tiempo.

Pero también sabemos que tenemos un corazón que es diferente del órgano físico que bombea sangre a través de nuestro cuerpo. Consideramos que ese corazón es la fuente de sentimientos tales como el amor, la compasión, la lealtad o la tristeza.

Pero ¿qué dice la Biblia sobre nuestro corazón? En esta entrada, veremos qué es el corazón según la Palabra de Dios y la importancia de nuestro corazón en nuestra relación con el Señor.

¿Qué dice la Biblia acerca de nuestro corazón?

En una entrada anterior hablamos de cómo Dios nos creó con tres partes: espíritu, alma y cuerpo. Entonces, ¿dónde encaja nuestro corazón?

La Biblia define lo que es nuestro corazón usando muchos versículos, no uno solo. Podría ser fácil pasarlo por alto. Pero si prestamos atención, podemos ver que la Palabra de Dios no dice que nuestro corazón es una cuarta parte de nuestro ser.

En lugar de esto, nos muestra que nuestro corazón está compuesto de los tres componentes de nuestra alma —nuestra mente, parte emotiva y voluntad— más la parte más importante de nuestro espíritu: nuestra conciencia. Echemos un vistazo a algunos versículos claves que revelan esto.

1. Mateo 9:4

“Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?”.

Pensar es una actividad de la mente, pero el Señor Jesús preguntó a los escribas por qué pensaban mal en sus corazones. Esto muestra que nuestra mente es parte de nuestro corazón.

2. Hechos 11:23

“Éste, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen unidos al Señor”.

La frase con propósito indica decidir con firmeza hacer algo, lo cual es un ejercicio de nuestra voluntad. Así que este versículo muestra que nuestra voluntad es parte de nuestro corazón.

3. Juan 16:22

“Así que, también vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo”.

Gozarse está relacionado con nuestra parte emotiva, pero aquí vemos que nuestro corazón se goza. Esto nos muestra que nuestra parte emotiva también es parte de nuestro corazón.

4. Hebreos 10:22

“Acerquémonos al Lugar Santísimo con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia con la aspersión de la sangre, y lavados los cuerpos con agua pura”.

Tener nuestros corazones purificados de mala conciencia indica que nuestra conciencia también es parte de nuestro corazón.

Esto se confirma aún más por la frase “si nuestro corazón nos reprende” en 1 Juan 3:20. Dado que nuestra conciencia es la que nos reprende, o nos condena, cuando hemos hecho algo malo, este versículo también deja muy claro que nuestra conciencia es parte de nuestro corazón.

Lo importante que es nuestro corazón

Los versículos anteriores nos muestran que nuestro corazón hace mucho más de lo que podríamos haber pensado. Además de sentir la amplia gama de emociones humanas, nuestro corazón piensa, decide y percibe el bien del mal.

Ahora veamos dos razones por las cuales la función de nuestro corazón es tan importante.

Amamos con nuestro corazón

Jesús dijo en Marcos 12:30:

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”.

Si no tuviéramos un corazón, no podríamos sentir amor o amar a cambio. Dios nos creó con un corazón para que pudiéramos tener una relación amorosa con Él. Así que, en un sentido muy real, nuestra relación con Dios se centra en nuestro corazón.

Nuestro corazón es la puerta de nuestro ser

Además de ser el centro de nuestra relación con Dios, nuestro corazón es también la puerta de todo nuestro ser.

En el libro La economía de Dios, el autor Witness Lee explica este papel. En la página 79, Lee dice:

“Nuestra relación con el Señor siempre es iniciada y mantenida por medio del corazón. Por supuesto, tener contacto con el Señor es un asunto del espíritu, sin embargo esto debe ser iniciado y mantenido por el corazón, pues nuestro corazón es la puerta de todo nuestro ser”.

Que nuestro corazón sea la puerta de todo nuestro ser significa que lo que permitimos entrar y salir está determinado por nuestro corazón. Por ejemplo, podemos cerrar nuestro corazón a ciertas personas y abrirlo a otras.

Continuando en la página 79, Lee dice:

“En otras palabras, el corazón llega a ser tanto la entrada como la salida de nuestro ser. Todo lo que entre en nosotros debe entrar por nuestro corazón. Todo lo que salga de nuestros debe salir por el corazón”.

Cuando consideramos nuestra experiencia de salvación, este punto se vuelve claro. Al escuchar cómo el Señor Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, fuimos convencidos de nuestra pecaminosidad; al mismo tiempo, comenzamos a apreciar a Jesús y lo que hizo por nosotros. Sentimos la profundidad y la dulzura de Su amor por nosotros. Así que abrimos las puertas de nuestro corazón para creer en Él y aceptarlo a Él como nuestro Salvador. En ese momento, lo recibimos en nuestro espíritu y nacimos de nuevo con Su vida divina. Pero fue nuestro corazón el que primero fue tocado y se abrió para dejarlo entrar.

Nuestro corazón y nuestra relación con el Señor

¡Fuimos creados por Dios de una manera tan maravillosa! Tenemos un espíritu para contactarlo, recibirlo y contenerlo como vida, y un corazón para amarlo. Él quiere ser nuestra vida y quiere que lo amemos con todo nuestro corazón.

Como leímos en el primer extracto citado anteriormente, nuestra relación con el Señor comenzó por nuestro corazón. También es mantenida por nuestro corazón. Es por esto que la condición de nuestro corazón es tan importante.

En cualquier relación, cuando surge un problema, debemos abordarlo. No debemos pensar que el problema desaparecerá por sí solo. Quizás tengamos cierta actitud hacia la otra persona, o ciertos pensamientos negativos acerca de ella. Tal vez hayamos dicho o hecho algo que lastimó a la otra persona, pero no estamos dispuestos a reparar el daño. No resolver estas cosas sólo puede resultar en dañar la relación.

De la misma manera, a fin de que estemos en armonía con el Señor y disfrutemos de una relación amorosa con Él, debemos abordar cualquier problema que surja entre nosotros y el Señor. Tales problemas siempre están de nuestro lado e involucran nuestro corazón.

De hecho, muchas dificultades en nuestra vida cristiana que nos impiden progresar son realmente problemas en nuestro corazón, es decir, en nuestra mente, parte emotiva, voluntad o conciencia.

Por ejemplo, podríamos tener un problema en nuestro corazón porque nuestros pensamientos sobre cierto asunto no coinciden con los pensamientos del Señor. O quizás los sentimientos que tenemos hacia alguien no corresponden con los sentimientos del Señor. Quizás insistimos en seguir nuestro propio camino porque nuestra voluntad obstinada está endurecida. O podríamos tener un problema en nuestra conciencia porque no hemos tomado medidas con respecto a cosas que han ofendido y desagradado al Señor. Con nuestro corazón en tal estado, ¿cómo puede nuestra relación con el Señor ser dulce y armoniosa?

Ahora podemos ver lo importante que es estar conscientes de la condición de nuestro corazón para mantener nuestra relación amorosa y cálida con el Señor. Cuando surge un problema entre nosotros y el Señor, simplemente podemos volver nuestro corazón a Él y orar: “Señor Jesús, abro mi corazón a Ti. No quiero que nada se interponga entre Tú y yo. Te amo, Señor”.

En esta entrada hemos hablado brevemente sobre qué es el corazón según la Biblia. Para aprender cómo abordar la condición de nuestro corazón, le animamos a leer los capítulos 6 al 8 de La economía de Dios por Witness Lee. Puede descargar este libro tremendamente útil desde cualquier parte del mundo aquí.

Y si vive en los Estados Unidos, usted puede leer los versículos mencionados en esta entrada junto con sus notas esclarecedoras en el Nuevo Testamento Versión Recobro al pedir una copia gratuita aquí.

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