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La Biblia
Tres beneficios de leer la Biblia diariamente

Leer la Biblia diariamente es un hábito excelente que beneficia a todo cristiano en muchas maneras. En esta entrada hablaremos de tres beneficios.

Somos alimentados por la Palabra

Cuando leemos la Biblia somos alimentados por la Palabra de Dios y suministrados en nuestra vida cristiana. Jesús mencionó esto en Mateo 4:4 cuando dijo:

“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Otros versículos encontrados en La Biblia también nos muestra claramente que la Palabra de Dios es alimento para Sus hijos. Por ejemplo, 1 Pedro 2:2 dice:

“Desead, como niños recién nacidos, la leche de la Palabra dada sin engaño, para que por ella crezcáis para salvación”.

Y en el Antiguo Testamento, Jeremías 15:16 dice:

“Fueron halladas Tus palabras, y yo las comí; y Tu palabra me fue por alegría y por gozo de mi corazón”.

Cuando comemos comida física recibimos los nutrientes necesarios para vivir y estar saludables. Así recibimos las energías necesarias para ir a trabajar, hacer ejercicio y pasar tiempo con la familia y amigos. En cambio, cuando no comemos por un día nos sentimos débiles, cansados e incluso malhumorados. Si seguimos sin comer nos ponemos susceptibles a problemas mayores, como enfermedades.

De igual manera, cuando comemos la comida espiritual recibimos el suministro necesario para vivir nuestra vida cristiana. Pero cuando nos alejamos de la Palabra de Dios por un tiempo es posible que nos sintamos débiles, cansados y “malhumorados” espiritualmente. Nos encontramos más susceptibles a tentaciones, dudas y otras clases de enfermedades espirituales. Simplemente no contamos con la manera de enfrentarnos a los muchos desafíos que llegan a nuestra vida como creyentes.

Por lo tanto, es muy importante que recibamos el suministro que proviene de leer y comer la Palabra de Dios diariamente. Para mantener una vida cristiana saludable e incluso llena de gozo, debemos recibir el alimento espiritual que nos brinda la Palabra de Dios.

Ser lavados en la Palabra

¿Y qué si no entendemos lo que leemos?. Es posible que nos preguntemos si debemos seguir leyendo la Biblia. Quizás estamos desanimados porque se nos olvidó lo que leímos en la mañana. ¿Debemos seguir leyendo, aun cuando no podemos recordarlo todo?

La respuesta es sí, definitivamente. La razón por la cual debemos seguir leyendo es que es que ésta nos lava, lo cual es un gran beneficio que recibimos al leer la Palabra de Dios.

Efesios 5:26 dice:

“Para santificarla, purificándola por el lavamiento del agua en la palabra”.

El uso de la tercera persona aquí se refiere a la iglesia, la cual está compuesta de todos los creyentes en Cristo, y el “lavamiento del agua en la palabra” indica algo diferente del lavamiento de nuestros pecados por la sangre del Señor. Así pues, ¿qué es este lavamiento?

Esto es lo que dice la nota 3 de la Versión Recobro acerca del lavamiento del agua en la Palabra:

“La sangre redentora nos lava de nuestros pecados (1 Jn. 1:7; Ap. 7:14), mientras que el agua de vida nos lava de los defectos de la vida natural de nuestro viejo hombre, tales como las manchas, arrugas y cosas semejantes, según se menciona en el v. 27. Al separar y santificar la iglesia, el Señor primero nos lava de nuestros pecados con Su sangre (He. 13:12) y luego nos lava de nuestras manchas naturales con Su vida. Ahora estamos en este proceso de lavamiento a fin de que la iglesia sea santa y sin defecto (v. 27)”.

Es probable que ya entendemos el hecho de que necesitamos ser lavados de nuestros pecados por medio de la sangre del Señor, sin embargo, tenemos que entender que necesitamos ser lavados de nuestra vida natural por Su propia vida. ¿Cómo podemos experimentar este lavamiento en nuestra vida? El lavamiento del agua de vida está en la Palabra de Dios. Así que, incluso cuando no recordemos y no entendamos completamente lo que leemos, leer a diario la Biblia nos lava de tantas cosas negativas.

Ser educados por la Palabra

Como cristianos, nuestra fe no se basa en nuestra imaginación o nuestros conceptos, sino en la Palabra de Dios. Por tanto, es de suma importancia que sepamos lo que nos dice la Palabra de Dios. Al leer la Biblia regularmente, con el tiempo leeremos la Biblia en su totalidad y obtendremos un conocimiento básico de Dios y las cosas de Dios. Este conocimiento básico es como aprender el abecedario. Si no aprendemos las letras del abecedario, será imposible que leamos o escribamos. Antes de poder entender el libro más sencillo o escribir una carta, debemos aprender el abecedario.

Conocer los hechos relatados en la Biblia es como saber nuestro abecedario espiritual. Familiarizarnos con las palabras, los hechos, las historias y las expresiones en la Biblia forman en nosotros los componentes básicos que el Señor puede usar para mostrarnos más de la verdad en Su Palabra. Esto nos ayuda a que lo conozcamos de una manera más profunda y le permite hablarnos más y más en Su Palabra.

Dios nos ha dado un regalo poderoso y maravilloso en Su Palabra. Al leerla, no sólo somos educados espiritualmente, sino que también somos lavados y nutridos en nuestro interior. Si usted desea recibir ayuda en cuanto a leer la Biblia regularmente, le recomendamos mirar la siguiente entrada: edificar un hábito de leer la Biblia diariamente.

Todos los versículos citados son de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede solicitar su ejemplar gratuito del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

La salvación
Cómo mantener el gozo de nuestra salvación

Cuando el amor del Señor Jesús nos tocó por primera vez y nos arrepentimos y confesamos Su nombre, un gozo profundo que nunca antes habíamos conocido llenó nuestros corazones. ¡Qué gran gozo fue ser perdonados y nacer de nuevo! Dios desea que todos Sus hijos continúen regocijándose durante todas sus vidas en la salvación maravillosa que Dios efectúa. Ésta debería ser la experiencia normal de todo creyente, como vemos en 1 Pedro 1:8: “Os alegráis con gozo inefable y colmado de gloria”.

Hemos experimentado una salvación tan maravillosa y ahora tenemos acceso a todas las riquezas de Cristo. Deberíamos rebosar con gozo inefable. Pero a pesar de que nunca podremos perder nuestra salvación eterna, en ocasiones podemos perder el gozo de nuestra salvación. ¿Cómo puede suceder esto? Veamos dos posibles razones.

1. El pecado hace que perdamos el gozo de nuestra salvación

Aunque somos salvos, todos todavía pecamos, le fallamos al Señor y le desobedecemos. Los pecados que cometemos hacen que perdamos nuestro gozo. Después que pecamos sentimos que algo anda mal; tenemos la sensación de que una barrera ha surgido entre nosotros y el Señor. Isaías 59:2 nos dice:

“Vuestras iniquidades han venido a ser una separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros Su rostro, de modo que Él no os oye”.

Nuestros pecados nos separan de Dios puesto que Dios es justo; Él no puede tolerar el pecado. Es por esto que incluso una pequeña transgresión puede crear una barrera entre nosotros y Dios. Ya sean grandes o pequeños, nuestros pecados hacen que perdamos el gozo de nuestra salvación.

2. Contristar al Espíritu que mora en nosotros hace que perdamos el gozo de nuestra salvación

Romanos 8:9 nos dice claramente que “el Espíritu de Dios mora en vosotros”. Cuando recibimos al Señor Jesús como nuestro Salvador, Él no sólo nos redimió, sino que también vino a morar en nosotros como Espíritu. Ahora ya no estamos solos; tenemos a otra Persona viviendo en nosotros y Él tiene Sus propios pensamientos, sentimientos y preferencias. Siempre que sigamos al Señor quien vive dentro de nosotros, Él estará contento. Y cuando Él está contento, nosotros también.

En Efesios 4:30 Pablo dice: “No contristéis al Espíritu Santo de Dios, en el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. La nota 1 en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica lo que significa contristar al Espíritu Santo:

“Contristar al Espíritu Santo es disgustarlo. El Espíritu Santo habita en nosotros para siempre (Jn. 14:16-17) y nunca nos deja. Por lo tanto, Él es contristado cuando no andamos conforme a Él (Ro. 8:4), esto es, cuando no vivimos conforme al principio de la realidad y la gracia en los pormenores de nuestro andar diario”.

Supongamos, por ejemplo, que queremos ir a cierto lugar. Pero cuando pensamos en ir, nos sentimos incómodos. Este sentir nos dice que el Señor no quiere ir allí. Aunque intentemos razonar que está bien ir, el sentimiento de incomodidad no se va; el Señor Jesús simplemente no quiere ir allí. Pero digamos que en vez de acceder al Señor y obedecerle, vamos de todas maneras. Al no andar conforme a Él, lo contristamos y lo hacemos infeliz. Y es imposible que nosotros estemos felices cuando Él está contristado.

¿Cómo podemos recobrar y mantener el gozo de nuestra salvación?

Como cristianos, nuestro gozo en ocasiones puede parecer muy elusivo. Puede que hasta clamemos como lo hizo David: “¡Señor, devuélveme la alegría de Tu salvación!”. ¿Qué podemos hacer para recobrar nuestra alegría en tales momentos y cómo podemos evitar perderla en primer lugar?

Así como una flor delicada es mantenida y nutrida por el suelo apropiado, el agua y la luz del sol, nuestro gozo es preservado si se dan las condiciones adecuadas. He aquí cuatro hábitos saludables que nos pueden proveer las condiciones adecuadas para mantener nuestro gozo.

1. Confesar nuestros pecados cuanto antes

Tanto si nuestros pecados son transgresiones pequeñas, como si son ofensas serias, debemos confesarlos al Señor. Esto incluye contristar al Espíritu. Cada vez que nuestra conciencia nos advierte que hemos pecado, no debemos esperar para confesar al Señor. En 1 Juan 1:9 dice: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda injusticia”. Nosotros confesamos y Dios es justo para perdonarnos y limpiarnos. Cuando tomamos medidas con respecto al problema del pecado y nuestra comunión con Él es restaurada, experimentamos nuevamente el gozo de nuestra salvación.

Aprender a confesar nuestros pecados sin demora es un buen hábito que debemos desarrollar. No hay necesidad de esperar. Cuanto más rápido confesemos nuestros pecados y fracasos al Señor, más pronto podremos disfrutar de una dulce comunión con Él nuevamente.

2. Ingerir diariamente la Palabra de Dios como nuestro alimento espiritual

Todos sabemos cuán malhumorados e irritables nos podemos sentir cuando no hemos comido y estamos hambrientos físicamente, o incluso desnutridos. Espiritualmente, experimentamos lo mismo cuando no hemos estado comiendo. Si pasamos tiempo diariamente deleitándonos en Su Palabra, las palabras que comemos llegarán a ser el gozo y la alegría de nuestro corazón, suministrándonos durante todo el día.

Comer el alimento físico es un disfrute para nosotros, pero comer la Palabra de Dios nos trae una satisfacción interna verdadera y duradera. Desarrollar el hábito diario de ingerir la Palabra de Dios como nuestro alimento espiritual nos ayudará a mantener nuestro gozo en la salvación de Dios.

3. Hablarle al Señor en oración todo el tiempo

Cuando venimos al Señor no necesitamos arrodillarnos y recitar una oración formal de manera solemne. Sencillamente podemos abrir nuestro corazón y hablar con el Señor Jesús de una manera personal. A cualquier hora del día o de la noche podemos hablar con Él. En Juan 16:24 el Señor Jesús dice: “Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”. Hablarle en oración sobre cualquier cosa nos trae gozo. Hasta podemos orar sencillamente invocando el nombre del Señor.

Al abrirnos al Señor en oración todos los días y a lo largo del día —no solamente en momentos específicos o durante acontecimientos importantes— fortalecemos nuestra relación amorosa con Él. Al permanecer en comunión con Él, mantenemos nuestro gozo.

4. Tener comunión con otros cristianos regularmente

Tener comunión con otros cristianos también nos ayuda a mantener nuestro gozo en el Señor, debido a que uno de los mayores gozos de la vida cristiana es reunirnos con otras personas que también aman a Jesús.

Respecto a la comunión de los creyentes, en 1 Juan 1:3-4 el apóstol Juan nos muestra que la comunión cristiana genuina no es un deber o un ritual, sino un asunto de gozo:

“Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con Su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que nuestro gozo sea cumplido”.

Reunirse con otros creyentes para leer la Biblia, hablar acerca de Cristo y alabar al Señor nos refresca, nos anima y hace que nuestro gozo sea cumplido.

Que seamos aquellos que se esfuerzan por establecer estos hábitos saludables en nuestra vida diaria. Al confesar nuestros pecados, alimentarnos de la Palabra de Dios, hablar al Señor en oración y reunirnos para tener comunión con otros cristianos, podemos mantener un gozo rebosante en nuestras vidas cristianas.

Para conocer más acerca de este tema, puede leer gratis el capítulo 2 de Elementos básicos de la vida cristiana, tomo 1 aquí.

Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

La Biblia
Aprender a gustar a Dios en Su Palabra

Cuando se trata de la Biblia, todos los cristianos estaríamos de acuerdo en que es muy importante leerla con regularidad.

Pero si nuestra lectura de la Biblia se ha convertido en una tarea tediosa, puede ser porque no sabemos que podemos gustar y disfrutar a Dios en la Biblia.

A lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha experimentado disfrutar de Él en Su Palabra. Cuando aprendemos a gustar a Dios en Su Palabra, el tiempo que pasamos con la Biblia no es un deber; es un deleite.

En esta entrada, exploraremos cómo podemos gustar a Dios y disfrutarlo en Su Palabra.

Comer es disfrutable

Todos sabemos que tenemos que comer para vivir. Pero esto no significa que simplemente lo soportamos como una tarea que tenemos que hacer; la mayoría de nosotros anhelamos comer. Cuando comemos, no sólo masticamos y tragamos la comida, sino que también la saboreamos. Es por eso que comer puede ser tan disfrutable.

La Biblia no es como cualquier otro libro; en realidad es nuestro alimento espiritual. Al igual que la comida física, necesitamos ingerirla todos los días. Y podemos anhelar tener nuestro tiempo en la Palabra como una oportunidad para disfrutar a Dios y gustar de Él.

Dios tiene un sabor dulce y bueno

¿A qué se asemeja disfrutar de Dios en Su Palabra?

El escritor del Salmo 119 dice en el versículo 103:

“¡Cuán dulces son a mi paladar Tus palabras! ¡Más dulce que la miel  a mi boca!”.

Este salmista y otros en el Antiguo Testamento experimentaron un sabor dulce en sus corazones cuando leían la Palabra de Dios. Seguramente descubrieron y experimentaron cuán disfrutable es la Palabra de Dios.

Pero no son sólo las palabras de la Biblia las que saben bien. Es Dios mismo en Su Palabra lo que gustamos.

Vemos esto en 1 Pedro 2:2-3, donde la Palabra y el Señor van juntos:

“Desead, como niños recién nacidos, la leche de la palabra dada sin engaño, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado lo bueno que es el Señor”.

Tomamos la leche de la palabra dada sin engaño, y en esa leche, gustamos lo bueno que es el Señor.

La nota 1 sobre gustado en el Nuevo Testamento Versión Recobro explica:

“El Señor puede ser saboreado, y Él tiene un sabor agradable y bueno. Si le saboreamos, anhelaremos la leche nutritiva de Su palabra”.

El sabor del Señor en Su Palabra es agradable y bueno. Una vez que lo hayamos  saboreado, hace que anhelemos saborear aún más de Él.

¿Cómo podemos gustar a Dios en Su Palabra?

En 2 Timoteo 3:16 se nos dice:

“Toda la Escritura es dada por el aliento de Dios”.

Las palabras de la Escritura son el aliento mismo de Dios, que emana de Su exhalación. Como salen del mismo ser de Dios, llevan el sabor de Dios.

Necesitamos tener en mente este hecho crucial cuando acudimos a la Biblia, acercándonos a ella de la manera correcta para que podamos disfrutar y saborear a Dios en ella. De lo contrario, podemos perderlo por completo.

Venimos a un banquete para disfrutarlo

Digamos que un amigo suyo lo invita a asistir al banquete de su boda. Cuando usted llega, ve un banquete maravilloso con una gran cantidad de platillos atractivos. Pero en lugar de comerlos, los estudia. En vez de probar y saborear la rica comida, aprende la mayor cantidad de información posible sobre ella. Averigua los ingredientes, las cantidades de calorías, el valor nutricional, el método de preparación, etc.

Pero nunca toma un bocado.

Más tarde, cuando otro amigo le pregunta sobre la cena, usted relata toda la información que reunió sobre la comida. Pero si su amigo pregunta: “Sí, pero ¿cómo sabía? ¿Era buena?” usted no puede responder porque no probó nada.

El problema no fue la comida. Todos los demás invitados que comieron la comida encontraron todo delicioso. El problema fue su enfoque e intención cuando fue a la cena.

Este ejemplo puede parecer un poco ridículo, y el problema es obvio. Pero ilustra cómo es posible que no gustemos a Dios debido a nuestro enfoque e intención cuando acudimos a la Biblia.

Perder la comida en la Palabra de Dios

Quizás en el pasado nos hemos acercado a la Biblia como si fuera un libro de texto para analizar y aprender la mayor cantidad de información posible acerca de Dios. Puede que hayamos adquirido algún conocimiento objetivo acerca de Él, pero probablemente no probamos mucho de la bondad o la dulzura del Señor.

O tal vez nos hemos acercado a la Biblia como un manual o una guía sobre cómo deberíamos vivir. Buscamos en ella las “reglas” que debemos obedecer y las cosas buenas que deberíamos hacer. Pero si acudimos a la Biblia con la intención de aprender a comportarnos o mejorarnos, perdemos la comida en la Palabra de Dios.

Definitivamente debemos dedicar tiempo a estudiar, entender y conocer la Biblia. Pero no podemos detenernos ahí. Si nos enfocamos simplemente en conocer al Señor de una manera objetiva, nos perderemos de experimentarlo subjetivamente al saborearlo en Su Palabra.

Y realmente, la manera en que somos verdaderamente cambiados desde adentro e incluso espontáneamente transformados a la imagen de Cristo es al comer y disfrutar a Dios en Su Palabra.

Acudir a la Biblia para comer

Dios es inescrutablemente rico en quién Él es. Él es amor, luz, santidad, justicia, paz, perseverancia, fidelidad y mucho más. Y Él quiere que disfrutemos todo lo que Él es. La Biblia nos da una manera para gustar y experimentar a Dios como un rico banquete.

Pero para saborearlo y disfrutarlo, es fundamental que sepamos cómo comer la Palabra de Dios como nuestro alimento espiritual. Hablamos de esto en otra entrada, Cómo comer la Palabra de Dios. Con una alimentación adecuada viene la degustación. Mientras comemos las palabras de la Biblia, disfrutaremos del sabor agradable y bueno de Dios.

Entonces las palabras de Jeremías 15:16 serán nuestro testimonio:

“Fueron halladas Tus palabras, y yo las comí; y Tu palabra me fue por alegría y por gozo de mi corazón”.

Si vive en los Estados Unidos, puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

La salvación
¿Puede usted perder su salvación?

¿Alguna vez se ha preguntado si puede perder su salvación? ¿O si puede dejar de ser salvo si hace algo malo o si peca?

Es sumamente importante que nosotros los creyentes estemos claros sobre ciertos asuntos fundamentales. Uno de ellos es tener la certeza de que somos salvos cuando creemos en Cristo. Otro asunto fundamental del cual debemos estar claros es la seguridad de nuestra salvación. ¿Cuán segura es nuestra salvación? ¿Qué la salvaguarda? ¿Acaso su seguridad depende de nosotros? ¿Podemos perder nuestra salvación?

Profundicemos en cinco puntos que hablan de la seguridad de nuestra salvación.

1. Dios inició nuestra salvación y Su llamado es irreversible

Ninguno de nosotros inició su salvación. Efesios 1:4-5 nos muestra que Dios inició nuestra salvación incluso antes de que hubiéramos nacido:

“Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él en amor, predestinándonos para filiación por medio de Jesucristo para Sí mismo, según el beneplácito de Su voluntad”.

Nuestra salvación no comenzó con nosotros; comenzó con Dios. Él nos escogió antes de la fundación del mundo. Y Romanos 11:29 nos da esta palabra reconfortante:

“Porque irrevocables son los dones de gracia y el llamamiento de Dios”.

¡Irrevocables! Esto significa que nuestra salvación iniciada por Dios es irreversible, permanente, final e inalterable.

2. El amor y la gracia de Dios son eternos

Quizás no estemos dispuestos a dar nuestro amor a otros si éstos no nos aman también a nosotros, o quizás queramos que otros cumplan con ciertas condiciones para que obtengan nuestro amor. Pero Dios no es así. Él nos amó cuando éramos Sus enemigos, incluso cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. En 1 Juan 4:10 se nos dice:

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados”.

Dios nos amó tanto que envió a Su Hijo para morir por nuestros pecados. Su amor por nosotros es muy grande, y también es eterno. En Jeremías 31:3 Dios dice: “Con amor eterno ciertamente te he amado”.

La gracia de Dios para con nosotros también es eterna. Segunda de Timoteo 1:9 dice:

“Quien [Dios] nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito Suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”.

Dios nos dió Su gracia antes de los tiempos de los siglos, es decir, en la eternidad pasada. Nuestra salvación no tiene su base en nuestro amor por Dios o en nuestras obras, sino en Su amor eterno e inmutable por nosotros y en Su gracia eterna.

3. Dios es justo en cuanto a nuestra salvación

La salvación que Dios efectúa ciertamente surge de Su amor por nosotros, pero también es un asunto de Su justicia. Nuestros pecados transgreden la justicia de Dios y legalmente debemos pagar la pena por ellos.

Pero Cristo cumplió la demanda de la justicia de Dios al pagar la pena por nosotros. Él murió en nuestro lugar por nuestros pecados, llevándolos en Su cuerpo en la cruz. Debido a que Cristo murió por nuestros pecados, Dios debe reconocer justamente que nuestra deuda ha sido pagada; Él ya no puede demandar que la paguemos.

Por ejemplo, digamos que violamos una ley de tránsito y un oficial de la policía nos impone una multa. Pero tenemos un problema: no podemos pagar la multa. Sin embargo, digamos que alguien la paga por nosotros. Debido a que esa persona pagó la multa, un juez no nos puede requerir que la paguemos de nuevo. El juez tiene que reconocer que la multa ha sido pagada.

El Dios justo jamás puede quitarnos nuestra salvación debido a que nuestra deuda ya fue pagada en su totalidad, una vez y para siempre, cuando Cristo murió por nosotros. Hemos sido redimidos para siempre por Su sangre preciosa.

4. Dios nos engendró con Su vida eterna

Cuando fuimos salvos, nacimos de nuevo con la vida de Dios. Juan 1:12-13 nos dice:

“Mas a todos los que le recibieron [al Señor Jesús], a los que creen en Su nombre, [Dios] les dio autoridad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

Cuando nacemos de Dios como Sus hijos y recibimos Su vida eterna, nunca podemos deshacer la acción de haber nacido, incluso si hacemos cosas que no le agradan a Dios. La vida que recibimos de Dios es eterna, y nuestra relación de vida con Dios también es eterna.

Para ilustrar esto, supongamos que nuestro hijo o hija no se está comportando bien. A pesar de que esto nos desagrada, no se puede cancelar o deshacer el hecho de que son nuestros hijos. Su mal comportamiento no puede anular el hecho de que comparten nuestra vida humana.

De la misma manera, nosotros somos hijos de Dios. Nacimos con Su vida eterna, y nada puede deshacer esto.

5. Dios nos sostiene en Sus manos

Además, Juan 10:28-29 nos dice:

“Y Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de Mi Padre”.

Una vez que recibimos la vida eterna de Dios, estamos en las manos más fuertes del universo. ¡Nadie, ni siquiera Satanás, puede arrebatarnos de estas manos! Nuestra salvación no podría estar más segura.

Estar absolutamente claros de que nuestra salvación es eternamente segura

Los versículos en los puntos anteriores prueban que nuestra salvación es eternamente segura, salvaguardada por Dios mismo. Debemos estar absolutamente claros respecto a esto. Leer y entender los versículos relacionados con cada punto nos darán la tranquilidad de que nunca podemos perder nuestra salvación.

Pero ¿qué sucede si pecamos?

Nunca debemos pensar que debido a que nuestra salvación es eternamente segura tenemos libertad para pecar. Aunque nunca podemos perder nuestra salvación, no debemos ser descuidados en cuanto al pecado. Cuando pecamos, sufrimos las consecuencias. No perdemos nuestra salvación, pero perdemos nuestro gozo, ya que el pecado interrumpe nuestra comunión con el Señor.

Así que, ¿qué debemos hacer cuando pecamos? Cuando nuestra conciencia nos molesta acerca de cualquier pecado que hemos cometido, debemos confesarlo a Él para que podamos ser perdonados y limpiados de ese pecado. No debemos permitir que ningún pecado no confesado quede en nuestra conciencia; debemos mantener cuentas cortas con el Señor. Debemos edificar el hábito de confesar nuestros pecados diariamente para así mantener nuestra comunión con el Señor y nuestro disfrute de Él.

Alabado sea Dios porque nuestra salvación no se basa en nosotros, sino en Dios mismo, en Su llamado, amor, gracia, justicia, vida y fuerza. Podemos descansar sabiendo que nunca podemos perder nuestra salvación.

Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

La salvación
La certeza de la salvación: ¿Cómo sé que soy salvo?

Aunque hemos creído en el Señor Jesús y lo hemos recibido como nuestro Salvador, puede que en ocasiones nos preguntemos: “¿Cómo sé que soy salvo?”. A veces sentimos que definitivamente somos salvos, pero otras veces no estamos tan seguros. Cuando somos sacudidos de un lado al otro entre la certeza y la incertidumbre, nos resulta difícil progresar en nuestra vida cristiana.

Sin embargo, no debemos vivir con tal inseguridad. Dios nos ha provisto tres maneras claras para que nosotros tengamos la plena certeza de la salvación, las cuales veremos en esta entrada.

1. La Biblia lo dice

La primera manera de saber que somos salvos es que la Biblia lo dice. Debemos darnos cuenta de que la Biblia no es un libro común; es el hablar del Dios vivo. Y Dios no miente, así que podemos creer, confiar y depender de Su Palabra absolutamente.

En 1 Juan 5:13 dice lo siguiente:

“Estas cosas os he escrito a vosotros los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”.

Este versículo nos muestra que Dios no quiere que permanezcamos inseguros de nuestra salvación. Tenemos algo por escrito —la Palabra de Dios— por lo cual podemos saber que verdaderamente somos salvos. Dios quiere que tengamos la certeza de nuestra salvación por medio de Su Palabra escrita.

La nota 1 en este versículo en el Nuevo Testamento Versión Recobro habla acerca de la certeza de la salvación que podemos tener a través de la Palabra de Dios:

“Las palabras escritas en las Escrituras aseguran a los creyentes, quienes creen en el nombre del Hijo de Dios, de que ellos tienen la vida eterna. Creer para recibir la vida eterna es el hecho; las palabras de las Santas Escrituras representan la certeza tocante a ese hecho: son el título de propiedad de nuestra salvación eterna. Mediante estas palabras se nos da la certeza, las arras, de que siempre y cuando creamos en el nombre del Hijo de Dios, tenemos vida eterna”.

¡Tenemos las arras de nuestra salvación! Nuestras arras, es decir, nuestro “título de propiedad” de nuestra salvación eterna, es la Palabra de Dios.

Juan 3:16 es otro versículo que nos da la certeza de nuestra salvación:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no perezca, mas tenga vida eterna”.

Este versículo nos dice que cuando creemos en Jesucristo somos salvos; tenemos vida eterna y no pereceremos. Somos salvos cuando creemos en Él y lo recibimos como nuestro Salvador. Ésta es la Palabra inmutable y confiable de Dios.

Depender de los hechos contenidos en la Palabra de Dios, en lugar de nuestros propios sentimientos o deducciones, es una manera sólida de poder obtener la certeza de que verdaderamente somos salvos.

2. El Espíritu Santo da testimonio juntamente con nuestro espíritu

Otra manera en que podemos estar seguros de que somos salvos es por medio del Espíritu.

Dios nos dio dos regalos maravillosos: la Biblia, la cual está fuera de nosotros, y Su Espíritu, quien está dentro de nosotros. Ambos dan testimonio de que cuando creemos en Jesús, somos salvos eternamente.

Cuando nacimos de nuevo al creer en Jesucristo, el Espíritu entró en nuestro espíritu para vivir en nosotros para siempre.

Romanos 8:16 habla claramente de estos dos espíritus:

El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.

El Espíritu Santo da testimonio en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro espíritu, de que verdaderamente somos salvos. Incluso si lo dudamos y decimos: “No creo que soy un hijo de Dios”, el Espíritu dentro de nosotros da testimonio para confirmar que sí lo somos.

Una razón por la que tal vez nos preguntemos si somos salvos podría ser que no sabemos cómo experimentar este testimonio del Espíritu Santo con nuestro espíritu. En lugar de ello, quizás dependamos de nuestros sentimientos fluctuantes o de nuestra mente dudosa para asegurarnos que somos salvos. Pero la clave para experimentar este testimonio del Espíritu Santo es darnos cuenta de que este testimonio está con nuestro espíritu, el cual es más profundo que nuestra parte emotiva o nuestra mente.

Ahora, leamos 1 Corintios 12:3:

“Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino en el Espíritu Santo”.

La nota 3 en este versículo explica por qué es crucial decir “Jesús es Señor”:

“Indica que cuando decimos, con un espíritu recto: “¡Jesús es Señor!” estamos en el Espíritu Santo. Por tanto, la manera de participar del Espíritu Santo, y de disfrutarle y experimentarle es invocar al Señor Jesús”.

Cada vez que dudemos de nuestra salvación, podemos declarar en voz alta: “¡Jesús es Señor!”. Mientras lo declaramos, estamos en el Espíritu Santo, no en nuestra mente dudosa o en nuestras emociones fluctuantes, y el Espíritu en nuestro espíritu da testimonio y nos garantiza que definitivamente somos hijos de Dios.

3. Amamos a nuestros hermanos en el Señor

Además de la Palabra de Dios y el Espíritu en nosotros, podemos saber que somos salvos porque tenemos un amor genuino por nuestros hermanos en Cristo, incluso por aquellos que pueden ser muy distintos de nosotros.

Este amor no es algo que teníamos antes de ser salvos, y tampoco es algo que fabricamos después de ser salvos. Este amor es el resultado espontáneo de haber recibido la vida de Dios al ser regenerados.

En 1 Juan 3:14 el apóstol Juan dice:

“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos”.

La nota 1 explica la relación entre la vida y el amor que hay en este versículo:

“La muerte es del diablo, Satanás, el enemigo de Dios, y está simbolizada por el árbol del conocimiento del bien y del mal, el cual produce muerte; la vida es de Dios, quien es la fuente de la vida, y está simbolizada por el árbol de la vida, el cual produce vida (Gn. 2:9, 16-17). La muerte y la vida no solamente proceden de dos fuentes, Satanás y Dios; también son dos esencias, dos elementos y dos esferas. Pasar de muerte a vida es pasar de la fuente, la esencia, el elemento y la esfera de la muerte a la fuente, la esencia, el elemento y la esfera de la vida. Esto sucedió en nosotros cuando fuimos regenerados. Nosotros sabemos esto, es decir, estamos conscientes interiormente de esto, porque amamos a los hermanos. Amar (con el amor de Dios) a los hermanos es una firme evidencia de esto. La fe en el Señor es el camino por el cual pasamos de muerte a vida; amar a los hermanos constituye la evidencia de que hemos pasado de muerte a vida. Tener fe es recibir la vida eterna; amar es vivir por la vida eterna y expresarla”.

Este amor en nosotros por nuestros hermanos en el Señor es otra evidencia de que realmente somos salvos.

La certeza de la salvación: una base firme para nuestra vida cristiana

Una vez que recibimos a Cristo como nuestro Salvador, tenemos en la palabra escrita de la Biblia, en el Espíritu que da testimonio juntamente con nuestro espíritu y en el amor por nuestros hermanos en el Señor, unas fuentes maravillosas para tener la certeza de nuestra salvación. ¡Gracias a Dios, podemos saber con certeza que somos salvos eternamente y que verdaderamente somos hijos de Dios! Al tener esta certeza como nuestra base firme, podemos llevar una vida cristiana gozosa y avanzar en nuestra experiencia de Cristo y crecimiento en Él.

Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

Temas especiales
Siete citas excelentes de Witness Lee

En una entrada anterior, compartimos con ustedes una biografía breve de Witness Lee, quien es el autor de los bosquejos y notas extensas en la Biblia de estudio que distribuimos, y de cientos de libros que ministran a Cristo como vida con miras al propósito de Dios. Bibles for America distribuye esta Biblia de estudio: el Nuevo Testamento Versión Recobro y un pequeño repertorio de libros por Witness Lee. En esta entrada, recopilamos algunas citas de libros por Witness Lee que nos alimentan y alumbran. Usted puede solicitar algunos de estos libros gratuitamente en nuestro sitio web.

  1. 1“Hablando con propiedad, el cristianismo no es una religión que enseña a la gente a hacer esto o aquello. Es simplemente Cristo mismo, el Viviente, forjándose en nosotros”.—La economía de Dios, pág. 55

  2. 1“Dios creó y redimió al hombre con este propósito, que el hombre fuera el recipiente en el cual Dios pudiera dispensarse a Sí mismo. En todo el universo —tiempo, espacio y eternidad— el centro de la economía de Dios es dispensarse a Sí mismo dentro de la humanidad”.—La economía de Dios, pág. 229

  3. “Cristo es el Espíritu divino, nosotros tenemos un espíritu humano, y ambos se unen como un solo espíritu. Por consiguiente, al volvernos a nuestro espíritu y ejercitarlo, podemos experimentar todo lo que Cristo es para nosotros”.—Elementos básicos de la vida cristiana, t. 1, pág. 41

  4. “Desde lo más profundo de su ser simplemente respire: ‘Oh Señor’ ‘Amén’ ‘Aleluya’, y probará la dulzura y la realidad de Cristo mismo”.—Elementos básicos de la vida cristiana, t. 2, pág. 20

  5. “En el Nuevo Testamento encontramos cierta base con respecto a los dones y el conocimiento, y con respecto a los milagros y señales, pero el Cuerpo de Cristo es edificado principalmente con Cristo mismo como nuestra vida”.—Elementos básicos de la vida cristiana, t. 3, págs. 30-31

  6. 1“Cuando somos uno con el Señor, nos sentimos satisfechos con nuestra situación, cualquiera que ésta sea, y podemos mostrarnos comprensivos con todos y con todo. Lo único que nos permite ser plenamente comprensivos y estar satisfechos en cualquier situación es ser uno con Cristo”.—A Life of Forbearance but without Anxiety, pág. 63. Sacado del libro Estudio-vida de Filipenses caps. 56-62

  7. “No sólo debemos ser salvos, sino también transformados en piedras vivas para el edificio de Dios. Originalmente, no éramos piedras; éramos pedazos de barro. Pero cuando aceptamos a Cristo, El entró en nuestro espíritu y ha seguido obrando continuamente para transformarnos. Por la renovación del Espíritu Santo, somos transformados de pedazos de barro en piedras para que seamos el material para el edificio de Dios”.—El Cristo todo-inclusivo, pág. 84

Cada una de estas citas hablan de un asunto profundo en relación a la vida cristiana y nuestro crecimiento y experiencia como creyentes. Le animamos a leerlas en su contexto completo a fin de que pueda tener un entendimiento más profundo de lo que significan. Usted puede solicitar gratuitamente en nuestro sitio web algunos de los libros de dónde estas citas se tomaron.

1Para leer los libros que Bibles for America no ofrece en español, puede buscarlos por título descargándolos aquí o leerlos gratuitamente de esta biblioteca en línea aquí.

El plan de Dios
¿Qué desea Dios de nosotros en cuanto a nuestra vida cristiana?

Como creyentes, es natural que deseemos agradar a Dios y hacerlo feliz. Sin embargo, ¿qué es lo que exactamente lo hace feliz?

Para agradar a Dios, es necesario que primero sepamos lo que Él desea. De lo contrario, podemos pasar la mayoría de nuestro tiempo haciendo cosas que “creemos” que Él desea, pero terminamos por desagradarlo. Veamos lo que creemos que Dios desea, y lo que Dios verdaderamente desea para nuestra vida cristiana.

Lo que creemos que Dios desea

Algunas de nuestras ideas sobre llevar una vida que agrade a Dios incluyen cosas tales como tener un buen comportamiento, ayudar a otros y esforzarse por vivir de una manera que sea un ejemplo para las personas.

Todas estas cosas no tienen nada de malo, pero ¿acaso es lo que Dios desea para nosotros? De hecho, no debemos asumir que nuestras propias ideas reflejan lo que Dios verdaderamente desea.

Lo que Dios desea

Para entender realmente lo que Dios desea, es necesario que nos remontemos a la creación. En una entrada anterior, vimos que Dios creó a los seres humanos para compartir Su vida divina con ellos a fin de que Él llegara a ser su vida y ellos Su expresión. Esta es la razón por la cual Él nos creó como vasos para ser llenos con Él y no como instrumentos o herramientas para ser usados por Él. Incluso, después de que el hombre cayó en el pecado, este deseo en el corazón de Dios siguió igual.

No obstante, es imposible para los seres humanos caídos tener la vida divina de Dios debido a que Dios jamás llenaría un vaso contaminado por el pecado. No obstante, en vez de darse por vencido, Dios se hizo un hombre llamado Jesucristo. Jesús vivió una vida humana perfecta en esta tierra y fue crucificado en la cruz a fin de eliminar nuestros pecados. Por medio de sacrificarse de esta manera, nuestros pecados pueden ser lavados. Cuando creemos en Jesucristo y lo recibimos como nuestro Salvador, recibimos el perdón de pecados. Sin embargo, aún hay más.

Después de tres días, Jesús resucitó de entre los muertos, y 1 Corintios 15:45 nos dice que en Su resurrección, Él llegó a ser “Espíritu vivificante”. Como el Espíritu, Él entra en nosotros, los vasos limpios que creen en Él. Dios, en Cristo como el Espíritu, viene a morar en nosotros. ¡Esto es maravilloso! Sin embargo, Él no solamente desea existir en nosotros; Él entra en nosotros para ser nuestra vida a fin de que Él se exprese a través de nosotros. Esta es la razón por la cuál Dios nos creó y por la cuál Dios nos salvó.

Cristo entra en nuestro espíritu y se extiende a nuestra alma

Cuando fuimos salvos, Cristo entró en nuestro espíritu, la parte más profunda de nuestro ser. Esto fue el comienzo de ser llenos por Dios. Nuestro espíritu es donde Cristo mora ahora y donde tenemos comunión con Dios; tiene la habilidad única de contener a Dios, contactar a Dios y recibir a Dios.

No obstante, Dios también nos hizo con un alma. Nuestra alma experimenta emociones, piensa y medita, y toma todo tipo de decisiones . Nuestras acciones externas brotan de nuestra alma, y nuestra alma es el medio por el cuál Dios se expresa a través de nosotros.

De modo, que si Cristo permanece confinado en nuestro espíritu y no llena nuestra alma—mente, emoción y voluntad—Él nunca se expresará por medio de nosotros, en vez de eso, nuestro vivir solamente expresará nuestros propios pensamientos, sentimientos y decisiones y no los de Él.

¿Cuál es el problema que impide que Dios obtenga Su deseo?

El problema es que automáticamente vivimos por nuestra fuerza de voluntad y nuestras buenas intenciones, esforzándonos por tener virtudes excelentes. Y si no estamos claros acerca de lo que Dios desea, estaremos conformes con vivir de esta manera. Sin embargo, Dios no estará satisfecho, pues a Él no le interesa una bondad donde Él no forme parte de ella. Si fuera esto fuera cierto, no sería necesario nacer de Su vida nuevamente.

Lo más probable es que intentemos imitar las acciones y comportamiento de Cristo, pero aquello que expresemos no será Cristo, sino a nosotros mismos. El origen será nuestra vida natural y no la vida de Cristo en nosotros, pues Imitar no es lo mismo que expresar.

Por ejemplo, sabemos que debemos amar a las personas, de modo que, ya sea en nuestro trabajo o en la escuela, hacemos todo lo posible por amar a cierta persona en específico que nos irrita. Quizás hasta consigamos tener un poco de amor por esa persona, pero lo que brota de nosotros es nuestra vida natural. Esto no es el amor de Cristo en nosotros expresado a través de nosotros. En vez de eso, lo que nuestro amor expresa es semejante a una flor artificial. A simple vista parece real, pero no tiene la misma textura, olor y color, y expresión general de lo que es real debido a que no tiene la vida de una flor. Si deseamos expresar Cristo, la vida de Cristo debe extenderse a nuestra alma. Solamente Cristo al vivir en nosotros y a través de nosotros puede expresar Cristo.

Cristo hace Su hogar en nuestros corazones

Cristo desea extenderse desde nuestro espíritu hasta nuestra alma, pero para esto Él necesita nuestra cooperación. Es necesario que abramos a Cristo cada parte, cada pensamiento, cada cosa que consideremos, cada sentimiento, cada decisión y darle el libre acceso para que se extienda a esa área.

Esto es por lo que precisamente el apóstol Pablo oró en Efesios 3:17:

“Para que Cristo haga Su hogar en vuestros corazones por medio de la fe”.

La nota 1 sobre “corazones” en la Versión Recobro explica lo que esto significa:

“Nuestro corazón está compuesto de todas las partes de nuestra alma —la mente, la parte emotiva y la voluntad — y también de nuestra conciencia, la parte principal de nuestro espíritu. Estas partes son las partes internas de nuestro ser. Por medio de la regeneración Cristo entró en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22). Después de esto, debemos permitirle que se extienda a cada parte de nuestro corazón. Puesto que nuestro corazón es la totalidad de todas nuestras partes internas y el centro de nuestro ser, cuando Cristo hace Su hogar en nuestro corazón, Él controla todo nuestro ser abasteciéndolo y fortaleciéndolo consigo mismo”.

Es algo maravilloso que Cristo haga Su hogar en más partes de nuestro corazón. Aún así, Él no entrará a fuerzas allí. A fin de que le permitamos que entre y cooperemos con Él, podemos orar todos los días: “Señor Jesús, haz Tu hogar en mi corazón. No quiero retener ningún área fuera de Tu alcance. Señor, te doy la libertad de moverte en cada parte de mi mente, parte emotiva y voluntad”.

Entre mas le permitimos a Cristo que nos llene dia trás dia, más de nuestras palabras, acciones y nuestro comportamiento lo expresará. Cuando Él vive en nosotros y a través de nosotros, nuestra compasión, bondad y todas nuestras virtudes le pertenecerán a Él. Esto es lo que Dios verdaderamente desea.

Todos los versículos y las notas son citados de la Santa Biblia Versión Recobro. Puede pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí.

Temas especiales
Autor destacado: ¿Quién es Witness Lee?

Como usted quizás sabe, Bibles for America (BfA) regala copias gratuitas del Nuevo Testamento Versión Recobro a los residentes de los Estados Unidos. Esta versión de estudio especial incluye notas extensas, bosquejos y referencias paralelas, todos los cuales fueron preparados por Witness Lee.

Witness Lee y Watchman Nee también son los autores de los libros electrónicos gratuitos que se pueden descargar en nuestro sitio web desde cualquier parte del mundo.

BfA escogó regalar el Nuevo Testamento Versión Recobro y estos libros en particular debido a que han ayudado a miles de creyentes a experimentar a Cristo como vida y conocer el propósito eterno de Dios.

Puede que no esté tan familiarizado con estos dos siervos fieles de Dios. Aunque no podemos presentar una biografía completa en una entrada de blog, queremos darle una idea de sus trasfondos y sus vidas con el Señor.

En otra entrada presentamos una biografía breve de Watchman Nee. En esta entrada, queremos centrarnos en Witness Lee.

Su trasfondo y salvación

Witness Lee nació en 1905 en el seno de una familia cristiana en el norte de China. Su madre hizo grandes sacrificios financieros para que él pudiera asistir a una escuela china Bautista del Sur y, más tarde, al Presbyterian English Mission College. Él recibió una educación excelente, pero no fue salvo durante ese tiempo.

Después de que una de las hermanas de Lee fue salva, ella comenzó a orar por su hermano. También comenzó a llevarlo a las reuniones de la iglesia en su ciudad natal de Chifú. En una de esas reuniones, Lee fue conmovido profundamente por la predicación del evangelio de una hermana en el Señor y recibió a Jesucristo como su Señor y Salvador a la edad de 19 años.

Previamente, Lee había tenido grandes ambiciones para su futuro. Pero después de ser salvo, rechazó lo que el mundo tenía que ofrecer y se consagró a servir al Señor durante toda su vida.

Desde el principio de la vida cristiana de Lee, él amaba la Biblia. Llegó a ser un estudiante serio de la Palabra de Dios, coleccionando y leyendo numerosas exposiciones bíblicas y escritos cristianos, incluyendo los de Watchman Nee.

Lee recibió ayuda particular de los escritos de Nee sobre la vida divina de Dios y comenzó a escribirse con Nee acerca de la Biblia. Alrededor de ese tiempo, Lee también comenzó a reunirse con la Asamblea de los Hermanos en Chifú para aprender de su extensa exposición de las verdades bíblicas.

Un gran giro del conocimiento a la vida

A la postre, Lee se dio cuenta de que aunque había acumulado una gran cantidad de aprendizaje y conocimiento bíblico, había experimentado muy poco de la vida divina. Él fue profundamente condenado por su muerte espiritual. Subiendo cada mañana a la cima de una pequeña montaña cerca de su casa, Lee clamaba al Señor, lloraba y le confesaba su falta de vida y falta de fruto. Él continuó orando de esta manera durante varios meses.

En 1932, Lee y otros creyentes en Chifú invitaron a Watchman Nee a visitarlos. Tuvieron mucha comunión, y Nee le enfatizó a Lee la importancia de experimentar la vida divina.

En la biografía que Lee escribió sobre Nee titulada Watchman Nee—un siervo que recibió la revelación divina en esta era, Lee relata el efecto que esta comunión tuvo en él:

“Durante aquellos días que pasé con Watchman, quedé muy impresionado por lo afable, lo agradable, lo atrayente y lo nuevo que era el Señor en él. Esos días fueron para mí un nuevo comienzo en mi búsqueda del Señor y me permitieron dar un giro de ciento ochenta grados, del conocimiento a la vida. Debido a aquellos días con Watchman Nee, empecé a tener comunión con el Señor de manera más íntima. El Señor se hizo más precioso para mí. Esa experiencia fue aun más importante que la de mi salvación. Aquellos días afectaron mi caminar en el Señor a partir de 1932 y durante los cincuenta y nueve años siguientes. ¡Nunca olvidaré aquellos días! ¡Qué gran misericordia y gracia fueron para mí!”. (pág. 286)

Llamado a servir al Señor

Poco después de su tiempo con Watchman Nee, Lee comenzó a sentir que el Señor Jesús lo llamaba a renunciar a su trabajo para servirle con todo su tiempo. Después de mucha lucha interior y oración, Lee obedeció al Señor y en fe, renunció a su trabajo. Su decisión de servir al Señor de esta manera fue confirmada después por otros hermanos y por una carta de Watchman Nee sobre el asunto. Lee permaneció fiel a este llamado por el resto de su vida.

Laborando con Watchman Nee

Luego, Lee pasó varios meses con Nee en Shanghái. Durante ese tiempo, tuvieron mucha comunión con respecto a varios asuntos importantes: conocer a Cristo como vida, la obra del Señor en China desde el tiempo en que Watchman Nee fue salvo, la historia de la iglesia y conocer la Biblia en términos de la vida. Más tarde, Lee se mudó a Shanghái para estar con Nee, y Nee le confió la supervisión de la obra de publicación del ministerio.

Desde ese momento, Witness Lee y Watchman Nee trabajaron juntos en China, viajando por todo el país para ministrar la Palabra de Dios a través de mensajes hablados y publicaciones escritas. Como resultado de la labor de estos dos hermanos, se establecieron más de 400 iglesias en más de 30 provincias en China.

La comisión de Watchman Nee a Witness Lee

Con la toma de poder comunista de China en 1949, Watchman Nee previó que los cristianos comenzarían a ser perseguidos por el gobierno nuevo. Al darse cuenta de que esta persecución pondría en peligro la propagación de las verdades que habían visto en la Palabra de Dios, Nee comisionó a Lee que fuera a Taiwán para continuar su ministerio. Nee quería asegurarse de que todas las verdades bíblicas y los principios espirituales que el Señor les había mostrado no se perdieran, sino que continuaran alimentando y edificando a los creyentes fuera de China.

Witness Lee se mudó a Taiwán en 1949. A través de su labor y la bendición del Señor, el pequeño número de creyentes presentes en 1949 aumentó rápidamente, alcanzando más de 40 000 en los siguientes seis años. Lee también continuó la obra de publicación en Taiwán, como Nee le había encargado que hiciera.

A finales de la década de 1950, Lee fue invitado a ministrar en Londres y Copenhague. También hizo varias visitas a los Estados Unidos, y se preocupó profundamente por los muchos cristianos que conoció que estaban hambrientos de las verdades de la Palabra de Dios. Luego, en 1962, el Señor llevó a Lee a inmigrar a los Estados Unidos.

El ministerio de Witness Lee en los Estados Unidos

Witness Lee se estableció en el sur de California y dio su primera conferencia en Los Ángeles en diciembre del 1962. Los mensajes de esta conferencia componen ahora el libro El Cristo todo-inclusivo, uno de los títulos que regalamos.

Lee comenzó a viajar por todo Estados Unidos, ministrando a varios grupos cristianos que lo invitaron a visitarlos. También viajó para ministrar en Europa, el Lejano Oriente, América del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

Lee continuó publicando libros en Estados Unidos, como lo había hecho en China y Taiwán.

Con casi 70 años de edad, Witness Lee emprendió dos grandes proyectos. Uno fue una nueva traducción de la Biblia de los manuscritos griegos originales, la Versión Recobro, que incluye sus bosquejos para cada libro y notas ricas y reveladoras, así como extensas referencias paralelas.

El otro proyecto puede considerarse la obra de su vida, el Estudio-vida de la Biblia. Esta exposición de la Biblia libro por libro se centra en la experiencia de Cristo como vida revelada en la Palabra de Dios. Todo el Estudio-vida tardó veinte años en completarse.

Durante este tiempo, Lee continuó viajando y hablando miles de mensajes sobre la vida cristiana, el servicio y la iglesia, muchos de los cuales han sido recopilados y publicados. Su ministerio enfatizó la experiencia de Cristo como vida y la unidad práctica de los creyentes como el Cuerpo de Cristo.

Lee habló públicamente por última vez en una conferencia en 1997, pocos meses antes de su muerte. A la edad de 91 años, el siervo fiel de Dios fue a estar con el Señor.

Más información

Hoy en día, más de 2,300 iglesias se han establecido en todo el mundo, y decenas de miles de cristianos han llegado a conocer a Cristo como vida a través de los ministerios de Witness Lee y Watchman Nee.

La biografía de Watchman Nee, Watchman Nee—un siervo que recibió la revelación divina en esta era, fue escrita por Witness Lee y publicada por Living Stream Ministry, así como todo el conjunto de obras de Lee. Para una biografía más detallada de Witness Lee, visite witnesslee.org (disponible sólo en inglés).

Además, Bibles for America ofrece copias electrónicas gratuitas de Elementos básicos de la vida cristiana, tomos 1-3. Estos folletos contienen escritos de ambos Nee y Lee y le ayudarán a experimentar al Señor Jesús de una manera personal y crecer en la vida de Dios. Puede descargarlos desde cualquier parte del mundo aquí.

El plan de Dios
¿Por qué Dios me deja fracasar?

¿Alguna vez se ha sentido desanimado después de experimentar un fracaso en su vida cristiana? Quizás se preguntó por qué Dios le permitió fracasar, especialmente ya que Él podría haberle impedido cometer ese error. Después de todo, ¿no quiere Dios que tengamos un buen testimonio como cristianos?

En esta entrada exploraremos por qué Dios a veces nos deja fracasar, y cómo nuestros fracasos en realidad pueden ayudarnos a crecer en nuestra vida cristiana.

La vida cristiana es un asunto de vivir a Cristo

Primero, es útil comprender lo que sucedió cuando fuimos salvos y cómo eso afecta el resto de nuestra vida cristiana. Sabemos que fuimos perdonados de nuestros pecados y salvos del juicio eterno; la salvación maravillosa que el Señor efectuó resolvió nuestro pasado y aseguró nuestro futuro.

Y más que nada, nacimos de nuevo, y Cristo vino a vivir en nosotros. Este Cristo que vive en nosotros es ahora nuestra vida. Colosenses 3:4 dice:

“Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria”.

En el Nuevo Testamento Versión Recobro la nota 1 sobre Cristo en este versículo explica:

“El hecho de que Cristo sea nuestra vida indica claramente que debemos tomarlo como vida y vivir por Él, que debemos vivirle en nuestra vida diaria a fin de experimentar al Cristo universalmente extenso que se revela en este libro [Colosenses], de manera que todo lo que Él es así como todo cuanto Él ha logrado y obtenido no permanezca como algo objetivo para nosotros, sino que llegue a ser nuestra experiencia subjetiva”.

Esta nota nos ayuda a darnos cuenta de que el Señor no está centrado en si somos perfectos y no cometemos errores. Él está centrado en si lo tomamos como nuestra vida y vivimos por Él. Él quiere que no sólo sepamos que Él vive en nosotros, sino que lo experimentemos subjetivamente como nuestra vida.

Ahora que Cristo es nuestra vida, Él quiere que lo tomemos como nuestra vida y vivamos por Él en todas las circunstancias de nuestra vida diaria. Cuando vivimos de esta manera, lo experimentamos y lo disfrutamos. Entonces, espontáneamente lo expresamos a todos los que nos rodean. Ésta es la vida cristiana.

Si no nos damos cuenta de esto, pasaremos nuestro tiempo tratando de vivir lo que creemos que es una vida agradable a Dios por nuestro propio esfuerzo y fracasando. Incluso si de alguna manera tuviéramos éxito, esto no es lo que el Señor quiere. Él es nuestra vida, así que Él quiere que vivamos por Él.

Los fracasos en realidad nos ayudan

Aquí es donde entran los fracasos. No es que el Señor quiera que fracasemos. Pero Él sabe que nuestros fracasos pueden ayudarnos a darnos cuenta de cuál es nuestra verdadera necesidad.

Por esta razón, el Señor provee fielmente el ambiente perfecto para descubrir nuestras deficiencias. Podemos pensar que somos fuertes espiritualmente, pero Él organiza las circunstancias necesarias para mostrarnos cuán débiles somos realmente y cuánto lo necesitamos.

Por ejemplo, podríamos pensar que somos amorosos, amables y pacientes. Pero entonces el Señor trae a alguien a nuestra vida que pone a prueba nuestro amor, haciendo evidente que no es tan profundo ni duradero. Dadas las circunstancias adecuadas, ni siquiera somos tan amables. Y además, esta persona colma nuestra paciencia. Antes de que nos demos cuenta, explotamos de ira.

Este fracaso nos muestra que no somos el “buen cristiano” que pensábamos que éramos. ¡Pero esto no es algo negativo! Nos ayuda a darnos cuenta de nuevo de que Jesucristo es el Único que puede vivir una vida cristiana adecuada. Nos recuerda que Él entró en nosotros para ser nuestra vida, y que necesitamos vivir por Él.

Nuestros fracasos traen luz

A través de nuestros fracasos, el Señor puede alumbrarnos para poner al descubierto nuestra verdadera situación interior ante Él. Su luz reduce la alta estima que tenemos de nosotros mismos. Él brilla para que podamos reconocer cuán cortos estamos de vivir por Cristo en nuestra experiencia. Esto hace que nos volvamos a Él, que lo invoquemos e incluso que clamemos a Él en oración. Es cuando caemos que comenzamos a comprender nuestra necesidad de tomar a Cristo como nuestra vida y experimentarlo verdaderamente con cada persona y asunto en nuestras vidas.

Bajo la luz del Señor somos humillados, nuestra confianza en nosotros mismos es quebrantada y tememos confiar en nosotros mismos. Por consiguiente, estamos mucho más abiertos a Él que cuando pensábamos que íbamos bien. Y cuando pasamos tiempo con Él de una manera regular, Cristo puede llenarnos. El Señor necesita este tipo de apertura para crecer en nosotros.

Además, cuando nuestros defectos quedan al descubierto por la luz del Señor, no confiamos tanto en nuestra propia capacidad o bondad. Vemos que nuestra bondad no significa nada, y estamos más dispuestos a dejar que Cristo viva en nosotros y a través de nosotros.

Todo el resplandor del Señor sobre nosotros cuando fracasamos nos hace estar más dispuestos a volvernos a Él y contemplarlo, y a ser refrescados en nuestro amor por Él.

No desanimarse

Nada de esto significa que debamos fracasar deliberadamente o pensar que está bien ser descuidado con el pecado. Para mantener nuestra relación con el Señor, necesitamos cuidar de la condición de nuestro corazón y prestar atención a la voz de nuestra conciencia. Y cuando el Señor nos hace conscientes de los pecados que hemos cometido, necesitamos confesar esos pecados a Él para recibir Su perdón y limpieza. Todas éstas son prácticas espirituales saludables y necesarias que debemos mantener para tener una vida cristiana normal.

Pero fracasaremos, y cuando esto suceda, podemos ver estos fracasos como útiles y necesarios en lugar de desanimarnos. A través de nuestros fracasos, Cristo tiene la oportunidad de alumbrarnos y hacer que nos volvamos y nos abramos a Él. Recordamos que Cristo es nuestra vida, y que debemos vivir por Él.

Si tenemos este entendimiento, no seremos vencidos por el desaliento y la desilusión cuando fracasemos. En cambio, nos volveremos más rápidamente a Cristo e incluso le agradeceremos por Su sabiduría al tratar con nosotros. Nos abriremos a Él de una manera más profunda para que podamos aprender a tomarlo verdaderamente como nuestra vida.

En esta entrada sólo citamos la nota 1 de Colosenses 3:4; la nota 2 arroja más luz sobre Cristo como nuestra vida y señala cómo Colosenses revela las riquezas de Cristo para nuestra experiencia y disfrute. Si vive en los Estados Unidos, le animamos a que pida una copia gratis del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer estas y otras notas que le ayudarán a entrar en una experiencia más profunda de Cristo.

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