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Si busca corazón en línea, encontrará millones de artículos sobre el corazón físico, incluso con fotos y diagramas. Puede leer explicaciones detalladas de qué hace en el cuerpo y cómo funciona. También encontrará abundante información sobre el cuidado de su corazón para que pueda vivir más tiempo.
Pero también sabemos que tenemos un corazón que es diferente del órgano físico que bombea sangre a través de nuestro cuerpo. Consideramos que ese corazón es la fuente de sentimientos tales como el amor, la compasión, la lealtad o la tristeza.
Pero ¿qué dice la Biblia sobre nuestro corazón? En esta entrada, veremos qué es el corazón según la Palabra de Dios y la importancia de nuestro corazón en nuestra relación con el Señor.
En una entrada anterior hablamos de cómo Dios nos creó con tres partes: espíritu, alma y cuerpo. Entonces, ¿dónde encaja nuestro corazón?
La Biblia define lo que es nuestro corazón usando muchos versículos, no uno solo. Podría ser fácil pasarlo por alto. Pero si prestamos atención, podemos ver que la Palabra de Dios no dice que nuestro corazón es una cuarta parte de nuestro ser.
En lugar de esto, nos muestra que nuestro corazón está compuesto de los tres componentes de nuestra alma —nuestra mente, parte emotiva y voluntad— más la parte más importante de nuestro espíritu: nuestra conciencia. Echemos un vistazo a algunos versículos claves que revelan esto.
“Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?”.
Pensar es una actividad de la mente, pero el Señor Jesús preguntó a los escribas por qué pensaban mal en sus corazones. Esto muestra que nuestra mente es parte de nuestro corazón.
“Éste, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen unidos al Señor”.
La frase con propósito indica decidir con firmeza hacer algo, lo cual es un ejercicio de nuestra voluntad. Así que este versículo muestra que nuestra voluntad es parte de nuestro corazón.
“Así que, también vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo”.
Gozarse está relacionado con nuestra parte emotiva, pero aquí vemos que nuestro corazón se goza. Esto nos muestra que nuestra parte emotiva también es parte de nuestro corazón.
“Acerquémonos al Lugar Santísimo con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia con la aspersión de la sangre, y lavados los cuerpos con agua pura”.
Tener nuestros corazones purificados de mala conciencia indica que nuestra conciencia también es parte de nuestro corazón.
Esto se confirma aún más por la frase “si nuestro corazón nos reprende” en 1 Juan 3:20. Dado que nuestra conciencia es la que nos reprende, o nos condena, cuando hemos hecho algo malo, este versículo también deja muy claro que nuestra conciencia es parte de nuestro corazón.
Los versículos anteriores nos muestran que nuestro corazón hace mucho más de lo que podríamos haber pensado. Además de sentir la amplia gama de emociones humanas, nuestro corazón piensa, decide y percibe el bien del mal.
Ahora veamos dos razones por las cuales la función de nuestro corazón es tan importante.
Jesús dijo en Marcos 12:30:
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”.
Si no tuviéramos un corazón, no podríamos sentir amor o amar a cambio. Dios nos creó con un corazón para que pudiéramos tener una relación amorosa con Él. Así que, en un sentido muy real, nuestra relación con Dios se centra en nuestro corazón.
Además de ser el centro de nuestra relación con Dios, nuestro corazón es también la puerta de todo nuestro ser.
En el libro La economía de Dios, el autor Witness Lee explica este papel. En la página 79, Lee dice:
“Nuestra relación con el Señor siempre es iniciada y mantenida por medio del corazón. Por supuesto, tener contacto con el Señor es un asunto del espíritu, sin embargo esto debe ser iniciado y mantenido por el corazón, pues nuestro corazón es la puerta de todo nuestro ser”.
Que nuestro corazón sea la puerta de todo nuestro ser significa que lo que permitimos entrar y salir está determinado por nuestro corazón. Por ejemplo, podemos cerrar nuestro corazón a ciertas personas y abrirlo a otras.
Continuando en la página 79, Lee dice:
“En otras palabras, el corazón llega a ser tanto la entrada como la salida de nuestro ser. Todo lo que entre en nosotros debe entrar por nuestro corazón. Todo lo que salga de nuestros debe salir por el corazón”.
Cuando consideramos nuestra experiencia de salvación, este punto se vuelve claro. Al escuchar cómo el Señor Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, fuimos convencidos de nuestra pecaminosidad; al mismo tiempo, comenzamos a apreciar a Jesús y lo que hizo por nosotros. Sentimos la profundidad y la dulzura de Su amor por nosotros. Así que abrimos las puertas de nuestro corazón para creer en Él y aceptarlo a Él como nuestro Salvador. En ese momento, lo recibimos en nuestro espíritu y nacimos de nuevo con Su vida divina. Pero fue nuestro corazón el que primero fue tocado y se abrió para dejarlo entrar.
¡Fuimos creados por Dios de una manera tan maravillosa! Tenemos un espíritu para contactarlo, recibirlo y contenerlo como vida, y un corazón para amarlo. Él quiere ser nuestra vida y quiere que lo amemos con todo nuestro corazón.
Como leímos en el primer extracto citado anteriormente, nuestra relación con el Señor comenzó por nuestro corazón. También es mantenida por nuestro corazón. Es por esto que la condición de nuestro corazón es tan importante.
En cualquier relación, cuando surge un problema, debemos abordarlo. No debemos pensar que el problema desaparecerá por sí solo. Quizás tengamos cierta actitud hacia la otra persona, o ciertos pensamientos negativos acerca de ella. Tal vez hayamos dicho o hecho algo que lastimó a la otra persona, pero no estamos dispuestos a reparar el daño. No resolver estas cosas sólo puede resultar en dañar la relación.
De la misma manera, a fin de que estemos en armonía con el Señor y disfrutemos de una relación amorosa con Él, debemos abordar cualquier problema que surja entre nosotros y el Señor. Tales problemas siempre están de nuestro lado e involucran nuestro corazón.
De hecho, muchas dificultades en nuestra vida cristiana que nos impiden progresar son realmente problemas en nuestro corazón, es decir, en nuestra mente, parte emotiva, voluntad o conciencia.
Por ejemplo, podríamos tener un problema en nuestro corazón porque nuestros pensamientos sobre cierto asunto no coinciden con los pensamientos del Señor. O quizás los sentimientos que tenemos hacia alguien no corresponden con los sentimientos del Señor. Quizás insistimos en seguir nuestro propio camino porque nuestra voluntad obstinada está endurecida. O podríamos tener un problema en nuestra conciencia porque no hemos tomado medidas con respecto a cosas que han ofendido y desagradado al Señor. Con nuestro corazón en tal estado, ¿cómo puede nuestra relación con el Señor ser dulce y armoniosa?
Ahora podemos ver lo importante que es estar conscientes de la condición de nuestro corazón para mantener nuestra relación amorosa y cálida con el Señor. Cuando surge un problema entre nosotros y el Señor, simplemente podemos volver nuestro corazón a Él y orar: “Señor Jesús, abro mi corazón a Ti. No quiero que nada se interponga entre Tú y yo. Te amo, Señor”.
En esta entrada hemos hablado brevemente sobre qué es el corazón según la Biblia. Para aprender cómo abordar la condición de nuestro corazón, le animamos a leer los capítulos 6 al 8 de La economía de Dios por Witness Lee. Puede descargar este libro tremendamente útil desde cualquier parte del mundo aquí.
Y si vive en los Estados Unidos, usted puede leer los versículos mencionados en esta entrada junto con sus notas esclarecedoras en el Nuevo Testamento Versión Recobro al pedir una copia gratuita aquí.

En 2 Timoteo 2:22 el apóstol Pablo dio este firme mandato:
“Huye de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón puro invocan al Señor”.
Esta palabra se necesita con tanta urgencia hoy como cuando se escribió hace casi dos mil años. A fin de tener una vida cristiana adecuada, necesitamos tomar esta palabra en serio.
En esta entrada, hablaremos de lo que significa este versículo y veremos cómo se aplica a nosotros con la ayuda de otros versículos y notas en el Nuevo Testamento Versión Recobro.
Sin excepción, todo el mundo está sujeto a los impulsos y deseos apasionados de las pasiones. Esto se debe a que toda la raza humana fue incluida en la caída de Adán, en la que él se apartó de Dios. Dios había creado al hombre con un cuerpo puro, pero debido a la caída, ese cuerpo se convirtió en la carne maligna, llena de pasiones pecaminosas. Nadie necesita ser enseñado o entrenado a tener pasiones; éstas surgen de la carne caída de cada ser humano.
Podemos observar fácilmente la inmoralidad cada vez más presente en todas las áreas de la sociedad. Éste es el resultado de que la gente satisfaga sus pasiones en todo tipo de formas.
Incluso después de ser salvos, no somos inmunes al peligro de los deseos de nuestra carne.
Cuando fuimos salvos, nacimos del Espíritu de Dios en nuestro espíritu, la parte más profunda de nuestro ser. Pero aunque nuestro espíritu fue regenerado, nuestro cuerpo sigue siendo la carne pecaminosa. Así que nunca podremos estar libres del peligro que presenta la lujuria mientras vivamos en nuestros cuerpos terrenales.
Muchos versículos en el Nuevo Testamento demuestran que no importa cuán espirituales podamos ser los creyentes, todavía poseemos la carne pecaminosa.
Por ejemplo, Gálatas 5:16 dice:
“Digo, pues: Andad por el Espíritu, y así jamás satisfaréis los deseos de la carne”.
Pablo escribió esto a creyentes en Galacia. Esto nos muestra que aún tenemos la carne caída con sus concupiscencias incluso después de ser salvos, lo que explica por qué pecamos.
Y Timoteo ya era salvo cuando Pablo le amonestó huir de las pasiones juveniles. Así que podemos ver que las pasiones aún son un problema para los creyentes, y no podemos darnos el lujo de pasar por alto o ignorar esta palabra.
Las pasiones pecaminosas dentro de nosotros son incitadas por el mundo. El mundo es un sistema ideado por Satanás que tiene un solo objetivo: alejarnos de Dios y dañarnos.
Este malvado sistema mundial está definido claramente en 1 Juan 2:16:
“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”.
En este versículo, la palabra griega que se traduce deseos es la misma palabra que se traduce pasiones en 2 Timoteo 2:22. Éste es el mundo: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida.
El mundo es cada vez más persistente con su corriente interminable de cosas pecaminosas e inmundas que podemos ver y en las que podemos participar. Y la tecnología moderna hace que sea fácil satisfacer nuestro deseo con sólo un toque rápido en nuestro celular o un clic en nuestra computadora. Las atracciones diversas del mundo diseñadas para despertar nuestros deseos pecaminosos nos tientan todo el día. Quizás más que nunca antes en la historia humana, tenemos que reconocer el peligro del deseo de la carne y el deseo de los ojos.
En 1 Tesalonicenses 4:3-5, Pablo les escribió a los nuevos creyentes en Tesalónica:
“Pues ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os abstengáis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su propio vaso en santificación y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios”.
Dios nos creó como vasos para contenerlo y expresarlo. Para esto, Él quiere que seamos santificados para vivir una vida santa. Pero Satanás quiere dañarnos —espiritualmente, mentalmente, emocionalmente, físicamente— a través de nuestra entrega a los deseos de nuestra carne.
Ahora leamos la nota 2 en el versículo 3 sobre fornicación:
“En los tiempos de Pablo, tanto en Corinto como en Tesalónica la sensualidad y la inmoralidad abundaban en las religiones paganas e incluso eran promovidas por la adoración pagana. El hombre fue creado para expresar a Dios (Gn. 1:26). En relación con este propósito, nada arruina más al hombre que la fornicación. Ésta impide que el hombre sea santo, que sea separado para Dios y contamina al hombre a lo máximo, impidiendo que cumpla el propósito santo de Dios. Por lo tanto, el apóstol exhortó enfáticamente a los gentiles recién convertidos, a ser santificados para Dios, o sea, a abstenerse de fornicación, el pecado más grave a los ojos de Dios, a fin de que evitaran ser dañados y contaminados”.
Esta nota también describe la vida en el siglo XXI: la sensualidad y la inmoralidad abundan. Pero en medio de este ambiente, Dios quiere que seamos santificados, que vivamos una vida de santidad. Por eso debemos abstenernos de la fornicación.
Sin importar cuánto amemos al Señor Jesús, cuánto tiempo hayamos sido salvos o cuántas experiencias de Cristo hayamos tenido, los deseos siguen siendo un peligro constante para nosotros. Así que, ¿cómo podemos evitar el daño y la contaminación que provienen al entregarnos a los deseos?
Leamos 2 Timoteo 2:22 otra vez:
“Huye de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón puro invocan al Señor”.
¡Pablo le dijo a Timoteo que huyera!
Huir significa escapar, o salir corriendo de un lugar o situación de peligro. Por ejemplo, si un incendio comienza cerca de usted, usted no se espera ahí ni se aleja lentamente. ¡Usted huye! Las pasiones juveniles son ciertamente como un fuego furioso del que debemos huir.
Note que Pablo no dijo que resistamos los deseos o que derrotemos los deseos con una fe fuerte. No, Pablo usó el verbo huir. Debemos tomar medidas decisivas. Así es como debemos encargarnos de los deseos.
En Romanos 13:14, Pablo nos da otra palabra clara y definida:
“No proveáis para la carne a fin de satisfacer sus concupiscencias”.
La nota 2 sobre proveáis en la Versión Recobro explica lo que esto significa:
“O, hagáis planes. Esta palabra tiene la misma raíz que la palabra griega que se traduce pensar de antemano en 12:17. Pensar de antemano incluye el significado de proveer. No proveer para la carne significa no pensar de antemano para la carne ni proveer a la carne de algo que la apoye y le haga fácil satisfacer sus concupiscencias”.
Las palabras no proveáis son inequívocas; no permiten que haya una zona gris. No deberíamos proveerle a nuestra carne ninguna oportunidad o entorno que le haga fácil satisfacer sus concupiscencias. Esto es muy práctico.
Por ejemplo, no deberíamos ir deliberadamente a un lugar donde sabemos que las personas participan en actividades pecaminosas e inmorales. Estar en un lugar así provee la oportunidad para que nuestra carne satisfaga sus deseos; el pecado será el resultado.
Si de alguna manera no sabíamos que actividades pecaminosas ocurrirían en un lugar en particular en el que estamos, deberíamos irnos tan pronto como nos demos cuenta. No deberíamos quedarnos allí, confiados en que no nos veremos afectados y que no sucederá nada malo. Necesitamos quitarle cualquier oportunidad a nuestra carne.
No podemos ser indiferentes o pasivos ni estar seguros de nosotros mismos; debemos ser activos al huir de los deseos de la carne.
En 2 Timoteo 2:22, Pablo no sólo nos dijo “huye de las pasiones juveniles” sin ninguna idea de a dónde ir. Continuó diciendo: “sigue la justicia, la fe, el amor, y la paz”.
Seguir significa buscar, ir en busca de algo, o perseguir; es otra palabra definitiva y activa.
Por un lado, debemos huir de algo terrible: las pasiones juveniles. Por otro lado, debemos seguir algo maravilloso: la justicia, la fe, el amor y la paz. Por supuesto, esto no se refiere a nuestra propia justicia; Pablo se refiere a los atributos de Cristo mismo. Mientras huimos, también buscamos, vamos en busca de, seguimos y perseguimos a Cristo como todas estas virtudes para nuestro vivir.
La nota 2 en 2 Timoteo 2:22 en la Versión Recobro explica estas virtudes en nuestra experiencia:
“La justicia la debemos aplicar a nosotros mismos, la fe para con Dios y el amor para con los demás; la paz es el resultado de estas tres virtudes”.
Así que cuando seguimos a Cristo, experimentamos a Cristo como nuestra justicia, fe y amor en nuestra relación con Dios y con los demás. Al experimentar a Cristo como todas estas virtudes, tenemos a Cristo como nuestra verdadera paz interior.
Huir de las pasiones y seguir a Cristo no deberían ser eventos ocasionales con nosotros; deberían ser nuestra experiencia diaria.
¿Cómo podemos tener una vida diaria de huir de los deseos y seguir a Cristo? En la segunda mitad del versículo, Pablo dio una manera práctica de huir y seguir: “con los que de corazón puro invocan al Señor”.
Es imposible huir y seguir por nosotros mismos. No somos rivales para Satanás, su sistema mundial y nuestra carne caída. Pero note que Pablo instó a Timoteo a huir y seguir con los que invocan al Señor, es decir, con otros creyentes.
¿Por qué es esto tan importante? Todos somos influenciados por el tipo de personas con las que estamos. Si elegimos estar con personas que nos alejan de Dios, cederemos fácilmente a las pasiones. En vez de eso, deberíamos elegir estar con otros creyentes que huyen de los deseos dañinos de la carne y siguen la justicia, la fe, el amor y la paz.
Así que además de desarrollar nuestra relación personal con el Señor Jesús, necesitamos encontrar algunos compañeros espirituales con los que podamos orar, leer la Biblia y tener comunión.
Pablo también incluyó las palabras, “con los que de corazón puro invocan al Señor”.
Además de pasar tiempo con compañeros, invocar el nombre del Señor también nos fortalece para huir de los deseos y seguir a Cristo.
Es un hecho ineludible que nosotros los creyentes todavía tenemos nuestra carne caída con sus deseos, y que las tentaciones crecientes y la inmoralidad desvergonzada están en todos lados. Pero también es un hecho que tenemos a Cristo viviendo en nosotros, y tenemos otros creyentes con los que podemos huir de los deseos y seguir a Cristo. Al seguir a Cristo, nuestros vasos pueden ser santificados y llenos de Él como nuestra justicia, fe, amor y paz.
Si vive en los Estados Unidos, le animamos a pedir una copia gratuita del Nuevo Testamento Versión Recobro aquí para leer todas las notas y versículos que mencionamos en esta entrada.

El Sermón del monte, el nombre tradicional de lo que Jesús habló en los capítulos 5-7 de Mateo, comienza con nueve bendiciones conocidas como las bienaventuranzas. Estas bendiciones están llenas de significado para nuestra vida cristiana hoy.
En una entrada anterior, hablamos del significado de la primera bendición registrada en Mateo 5:3, “Bienaventurados los pobres en espíritu”.
En esta entrada, exploraremos el significado de otra bendición. Mateo 5:8 dice:
“Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios”.
Primero veamos qué significa ser de corazón puro. La nota 1 sobre corazón puro en Mateo 5:8 en la Versión Recobro es muy útil. La primera parte explica:
“Tener un corazón puro es tener un solo propósito, esto es, tener como única meta hacer la voluntad de Dios para Su gloria (1 Co. 10:31). Se tiene un corazón así para el reino de los cielos”.
Cuando tenemos un solo propósito y una sola meta para la gloria de Dios, somos de corazón puro.
Ahora leamos 1 Timoteo 1:5:
“Pues el propósito de esta orden es el amor nacido de un corazón puro”.
La nota 3 sobre este versículo en la Versión Recobro dice:
“Un corazón puro es un corazón sencillo y sin mixtura, un corazón que sólo busca al Señor y toma al Señor como la única meta”.
Aquí nuevamente vemos que un corazón puro es uno que es sencillo, sin ningún tipo de mixtura.
Una sustancia es pura sólo cuando no es mezclada con ningún otro material. Por ejemplo, un anillo de oro puede describirse como oro puro si el anillo no tiene ningún otro elemento además del oro. Pero si es oro junto con algo más, no es puro; es una aleación, o una mixtura.
Ser de corazón puro significa que nuestro corazón no busca otra cosa sino sólo al Señor Jesús. Significa que lo tomamos a Él como la única meta de nuestra vida.
La siguiente parte de la nota 1 sobre Mateo 5:8 nos dice por qué debemos ser puros en nuestro corazón:
“Nuestro espíritu es el órgano con el cual recibimos a Cristo (Jn. 1:12, 3:6), mientras que nuestro corazón es el terreno donde Cristo crece como semilla de vida (13:19). Por causa del reino de los cielos necesitamos ser pobres en espíritu, ser vaciados en nuestro espíritu, a fin de recibir a Cristo. Además, debemos tener un corazón puro y sencillo, para que Cristo pueda crecer en nosotros sin impedimento”.
Cuando creímos en Jesucristo como nuestro Salvador, lo recibimos en nuestro espíritu humano y nacimos de nuevo con la vida divina de Dios. Pero Cristo no sólo quiere ser recibido por nosotros; también quiere crecer en nosotros, en nuestro corazón.
La Biblia nos dice que nuestro corazón está compuesto por nuestra mente, parte emotiva, voluntad y conciencia. A fin de que Cristo crezca libremente en nosotros, necesitamos ser de corazón puro, es decir, sencillos en nuestro propósito y nuestra meta. Esto es para el reino de los cielos y cumple la voluntad de Dios.
Probablemente todos admitiríamos que nuestro corazón puede ser muy complicado. Quizás ni seamos capaces de saber cuándo no somos de corazón puro. Entonces, ¿qué debemos hacer?
En lugar de tratar de diagnosticar la condición de nuestro corazón, debemos acercarnos al Señor Jesús y abrirnos a Él. Necesitamos que el Señor resplandezca sobre nosotros y nos hable sobre cualquier cosa en nuestro corazón que compita con Él por nuestro afecto.
Juan 1:4 dice:
“En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.
La luz que puede mostrarnos dónde estamos proviene de la vida en nosotros, que es simplemente el Señor mismo. Por eso es tan importante pasar tiempo en la presencia del Señor en oración y en Su Palabra. Podemos pedirle al Señor que purifique nuestro corazón al orar algo como esto:
“Señor Jesús, gracias por entrar en mí como vida. Gracias, Señor, que Tú eres la luz en mí. Quiero ser de corazón puro. Muéstrame si tengo cualquier meta u objetivo que no seas Tú. Señor, quiero que mi corazón sea sencillo para Ti y Tu voluntad para que puedas crecer en mí”.
Cuando el Señor nos muestre algo que ocupa nuestro corazón, no deberíamos desanimarnos. Simplemente deberíamos responderle en oración y decirle que no queremos que esa cosa ocupe Su lugar en nuestro corazón.
A medida que respondamos a Su resplandor en comunión con Él, el Señor continuará hablándonos más. Responder al Señor es la forma en que cooperamos con Él y le damos la manera de hacer que nuestro corazón sea puro para Él. Entonces Él tendrá la oportunidad de crecer en nosotros.
El Señor Jesús dijo que los de corazón puro son bienaventurados porque ellos verán a Dios.
En la Versión Recobro, la nota 2 sobre verán a Dios en Mateo 5:8 dice:
“Si somos puros de corazón al buscar a Dios, veremos a Dios. Ver a Dios es una recompensa para los de corazón puro. Esta bendición es tanto para hoy como para la era venidera”.
La recompensa de ver a Dios es un incentivo tremendo para que cooperemos con el Señor a fin de que Él pueda tener el espacio y la libertad para crecer en nosotros.
Pero ¿que significa ver a Dios para nosotros hoy? ¿Significa que tenemos algún tipo de visión exterior y sobrenatural de Él?
Hoy podemos ver a Dios de dos maneras. Una es verlo en la faz de Jesús interiormente y la otra es verlo en la Palabra de Dios. Veamos algunos versículos que nos muestran cómo podemos ver a Dios de estas dos maneras.
Primero leamos 2 Corintios 4:6:
“Porque el mismo Dios que dijo: De las tinieblas resplandecerá la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.
El Dios eterno se hizo hombre, nuestro Señor Jesucristo, y vivió en esta tierra entre la humanidad. Nadie jamás vivió, actuó o habló como Él. Jesús expresó a Dios en todos los sentidos, en cada situación y con todo tipo de persona. La gente vio la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
Pero puesto que Jesús ya no está físicamente en la tierra, ¿cómo podemos verlo hoy? El versículo 6 dice que Dios resplandece en nuestros corazones para iluminar el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
Así que, para los creyentes de hoy, ver a Dios no es algo externo, físico o sobrenatural. En cambio, es algo interno, en nuestros corazones, ya que ahora Jesús habita en nosotros. Cuando nada en nuestro corazón compite con el Señor por nuestro afecto, tenemos una sensación interior de ver y contemplar al Señor. Ver a Dios en la faz de Jesucristo es un gozo indescriptible.
Además de ver a Dios internamente en la faz de Jesús en nuestros corazones, también podemos verlo en las palabras de la Biblia.
En Juan 5:39, Jesús dijo:
“Escudriñáis las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí”.
Cuando leemos la Biblia con un corazón puro mientras ejercitamos nuestro espíritu, nuestra parte más profunda, las Escrituras nos dan testimonio acerca de la persona maravillosa de Jesús. Mientras leemos y oramos con las palabras de la Biblia, la luz de Dios resplandece y vemos a Jesús en toda Su belleza y gloria. Entonces espontáneamente, nos llenamos de amor y alabanza por Él.
Que el Señor nos ayude a abrirnos a Él diariamente para que Él pueda hacernos puros de corazón. Somos verdaderamente bendecidos y felices cuando tenemos el deleite de ver a Dios, y Cristo se alegra cuando tiene el camino libre para crecer en nuestros corazones.
Si vive en los Estados Unidos, le recomendamos que pida un Nuevo Testamento Versión Recobro gratis aquí para que pueda leer todas las notas y referencias paralelas reveladoras de los versículos mencionados en esta entrada.
Si desea aprender más sobre nuestro corazón y el papel crucial que desempeña en nuestra relación con el Señor, le recomendamos leer el capítulo 8, “Tratando con el corazón y con el espíritu”, de La economía de Dios. Este libro electrónico se puede descargar gratis en cualquier parte del mundo aquí.